4. Madrid – Londres – Tokio.

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Algunas de las joyas de la Corona del Reino UnidoIntroito.

Recuerdo una noticia que me preocupa: un avión de Air Canada que efectuaba el trayecto Toronto-Londres tuvo que aterrizar de emergencia en Irlanda después de que uno de los pilotos sufriera un ataque de locura y comenzara a gritar que quería “hablar con Dios”. Y es que este vuelo a Tokio son muchas horas en un avión y por tanto es más probable que te ocurra algo raro. Claro que raro, raro, no es lo de querer hablar con Dios. Quizás lo raro del piloto piadoso es que lo dijese a gritos. Porque todos los eclesiásticos profesionales quieren hablar con Dios y algunos que no son profesionales también. Y por eso no los encierran. Al revés, a algunos que dicen que lo consiguen los beatifican con pompa (y circunstancia). ¿O habrá profesiones en las que no se puede ser santo?

Madrid – Londres – Tokio.

El viaje de esta primavera comenzará con un clásico Madrid-Londres. Creo que es el mismo vuelo que me llevó en noviembre pasado de Madrid a Calcuta: sale de aquí a las siete de la mañana, lo que me hace ir a pasar la noche al aeropuerto. “La noche” son realmente unas pocas horas, pues, como en otras ocasiones, me lleva mi hijo y lo hace por un laberinto imposible de carreteras. Incluso esta vez ha conseguido llegar sin pasar por el peaje. Las últimas despedidas y consejos filio-paternales. Aunque siempre suelen ser paterno-filiales. Y a esperar que a las 5 abran el mostrador de facturación.

El lugar es arquitectónicamente maravilloso pero inhóspito e incómodo. Muy poca gente en los pocos bancos que hay pero que de todas maneras algunos acaparan para poder dormir. Hay quien junta dos filas de 5 asientos para poder echarse largo. O sea 10 asientos para uno sola persona. Pasan algunas limpiadoras sacando brillo al suelo. Creo que no he visto un espacio público más limpio en mi vida.

Aparecen tres policías llevando en vilo a un negro que se resiste a andar. Afortunadamente es delgadito porque sino no sé como lo harían: lo llevan de los brazos casi en volandas.

Y así llegamos a la hora de facturación. Hay un grupo de señoras que van siempre juntas; se llaman, se buscan unas a otras y se hacen chanzas. No sé si son muy amigas o están asustadas. O ambas cosas.

Un anfótero, que anda medio perdido, me pregunta la dirección que debe seguir. Ni por su figura, ni por la voz, ni por el rostro logro distinguir su género. Lástima que iba a otra puerta diferente de la mía, porque si no seguro que seguimos hablando y me cuenta su historia, que seguro que era muy interesante.

Ya en la zona de embarque me como un bocadillo que será el último contacto con la cocina española: una tortilla de espárragos trigueros y ajos tiernos. ¡No podía despedirme mejor! (El bocadillo me lo he traído de casa. No creo que hagan esas exquisiteces en Barajas).

Nada más sentarme en el avión me quedo dormido. He tenido la precaución de decirle a la señorita que se sienta a mi lado que me despierte si vienen con el desayuno. Gracias a ella me como un bocadillito de jamón York y queso. Cada día es más exigua la pitanza. (Word no te deja escribir “York” y corrige automáticamente a “Cork”. ¿Habrá bocadillos de jamón de Cork?). Pero por lo menos éstos te dan algo porque los de Iberia no te dan nada. Mis compañeras de asiento forman parte del grupo de señoras-amigas. Son casi 40, proceden de Cáceres y van a pasar tres días a Londres. Están muy preocupadas porque creen que no les va a dar tiempo de ver casi nada y es su primer viaje a esa ciudad. Una de ellas me hace una pregunta que me deja más desarmado que lo que le dejó al Sr. Rodríguez la historia de la niña del Sr.Rajoy: “¿Hay alguna estatua de lady Di en Harrods?” “Leididi”, así, como lo pronuncian las españolas.

Plan de los tres días: han salido de Cáceres esta noche-madrugada para llegar antes de las 5 de la mañana a la T4. Llegan hoy jueves por la mañana a Londres. La tarde libre. Pero están hechas polvo; así que entre intentar que no les atropellen por la calle los coches que se empeñan en ir en dirección contraria y venir por donde no esperas y el palizón que llevan, no creo que les dé tiempo para mucho. Mañana viernes un recorrido turístico en autobús por la ciudad. El sábado libre. El domingo a primera hora regreso a Madrid. En ese día y medio libre que tienen quieren visitar: el Museo Británico, Harrods, otros grandes almacenes, algún mercadillo y algún pub. Y las joyas de la Corona. Si mi madre fuese reina y le preguntasen por “las joyas de la Corona” hubiese dicho que sus hijos y sus nietos y sus biznietos eran “las joyas de la Corona”. Pero me temo que la reina británica no dirá lo mismo. Claro que no vas a comparar a los Windsor con mi familia. Pero la joven de Cáceres lo dice así, con aplomo: “quiero ver las joyas de la Corona”. Ah, además tienen una cena en un barco por el río. Si no hubiese tenido el vuelo hoy mismo a Tokio les hubiera pedido que me dejasen ser “su sombra” estos días, como hace Juan José Millas en alguno de sus formidables artículos. Porque empiezo a meter toda esa información en mi cerebro y se produce un fenómeno que en informática (de la prehistoria) se llamaba “overflow”, o sea un desbordamiento total. Llegamos a Londres y nos despedimos.

Mi vuelo a Tokio sale de la misma terminal a la que he llegado lo que me evita los grandes desplazamientos entre las terminales de Heathrow. Paso el típico control de seguridad británico: fuera casi todo, incluidos calzado y jersey. En el sitio donde debes desprenderte de los líquidos, además de las botellas de agua, hay una botella de whisky abierta. Para mí que su propietario antes de despedirse de ella la ha abierto y se ha pegado un buen trago. Y la dejado de una manera como para incitar a todo el que pase por allí a que le eche un tiento. Si viviese en Londres me haría amigo de un controlador de líquidos y le compraría las botellas de malta que se quedan allí. Y también con la fotografía del dueño de la botella en el momento en que le dicen que no la puede pasar; porque después de un buen rato en la tienda especializada en maltas del aeropuerto te decantas por un McCallan de 25 años y 300 € y llegas al control y te la hacen dejar allí, se te debe quedar una cara…

La terminal T1 está en obras, es fea y está llena de gente. Nada que ver con la T4 de Barajas. Pensaba que podía ser una discriminación por los destinos que salen desde aquí, pero me percato que son las grandes capitales europeas y ciudades tales como Tokio o San Francisco.

La tos. Tengo una tos de perro que me preocupa. Me estoy tomando unas pastillas que me la cortan unas horas pero en cuanto se acaba el efecto vuelvo a toser mucho. Y solo puedo tomar una pastilla cada 8 horas. No me preocupa la tos como tal sino por las molestias que puedo causar a mis compañeros de viaje (y más en éste que será casi todo de noche) y porque desconozco la reacción de los japoneses con la tos.

Mientras espero que anuncien la puerta de embarque de mi vuelo se sientan a mi lado una pareja sesentona de algún país del este de Europa. Están de bronca. Llevan una funda como de violín y algunas bolsas. Una de ella se abre y aparecen una docena de bolsas de plástico sin abrir con los auriculares de algún avión. Todos los que estamos sentados alrededor nos sorprendemos con la visión pero ellos ni se inmutan. Se van a otro sitio pero se dejan el violín. Se darán cuenta cuando estén volando. El le dirá a ella: “Borrica, ¿dónde has dejado el violín?” Y ella le contestará: “Que el violín lo llevabas tú, cabestro.” Como con las españolas en Londres me hubiese gustado seguirles un rato y ver su reacción. A pesar de que me paso una hora al lado del violín no vienen a buscarlo. Anuncian la puerta de mi vuelo y me tengo que ir.

En la cola de embarque hay dos parejas de españoles de mediana edad. Para contentar a la CEE debería decir que eran parejas heterosexuales y que iban a dormir cada mochuelo en su olivo, porque el resto de posibilidades como que fuesen dos parejas en intercambio de ídem o dos parejas homosexuales, me parece muy novelesco pero improbable. Sería más fácil decir lo de que eran “dos matrimonios” pero suena a algo tan antiguo…Uno de ellos dice: “si no gana Rajoy caerá una botella de sake”. A lo mejor son amigos de la Sra. Aguirre, aunque parece que es un deseo general: más que gane alguien quieren que pierda el Sr. Rajoy. Hasta algunos de los suyos.

Como no podía ser de otra manera el avión está lleno de japoneses con unos pocos occidentales. Realmente debería decir “jovencitas japonesas” pues los jóvenes son un 80% y de esos un 72,5% son chicas. O sea que más de la mitad son “jovencitas japonesas”.

Y como estadísticamente se podría esperar me tocan al lado dos de ellas que no hablan una palabra en todo el viaje: o no se conocen o son hermanas.

Este avión tiene una pantalla táctil individual con un montón de opciones. La que más me seduce es una con un CD de música clásica de Telemann. La música es una maravilla pero recuerdo que tengo dos amigos audiófilos que reniegan del CD en comparación con el vinilo y que si supieran que escucho esta música con el volumen del cuatrirreactor como un bajo continuo me echarían una bronca de campeonato. Así que paso a los filmes y veo un ratito “En el valle de Elah”, película sobrecogedora y si eres padre de un varón, aterradora.

Debajo del avión aparece el mar del Norte y llega la comida o la cena. A pesar de ser en un vuelo a Japón solo hay carne y nada de pescado. Casi todas chicas japonesas piden vino blanco para beber. Yo esperaba que pidiesen refresco de cola y me sorprende la elección. Pasamos por encima del sur de Suecia y recuerdo a mi admirado comisario Kart Wallander. Luego nubes aunque debemos estar sobre Finlandia. Yo tengo ventanilla y estas jovencitas no tienen pis. ¡Cuánto aguantan las orientales! Así no se puede echar uno a dormir.

Cuando en España no son todavía las 5 de la tarde, pero Tokio son casi la una de la madrugada, cierran las ventanas y a dormir. Estamos entrando en Rusia pero no se ve nada.

Noche placentera. Amanece sobre Siberia o China. Un paisaje desolado de grandes ríos congelados.

Ya sé que no se debe mirar lo que escribe el vecino del asiento pero la jovencita que está a mi lado saca una libreta de tapas rosas y escribe en japonés. Si escriben en japonés sí puedes mirar de reojo. Es una agenda y escribe poco pero algunos días tiene dibujado un corazón pintado de rojo. ¡Qué feliz ha sido! Y algunos días tienen dos corazones. ¡Más felicidad!

Sobrevolamos un Japón nevado, muy montañoso. Luego se sigue la costa occidental. Hay muchas “T” artificiales como las que se ven en la costa de Barcelona pero aquí tienen los extremos del palo horizontal redondeados hacia abajo, como una palmera. Como están a distancias regulares crean un extraño efecto. Luego se pasa por una zona llana con muchos invernaderos. Finalmente se ven muchos campos de golf y ya estamos en Tokio.

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3 comentarios to “4. Madrid – Londres – Tokio.”

  1. Luigi Says:

    Por eso ahora van a permitir el uso del teléfono móvil en los aviones para evitar éstos episodios de locura transitoria y a modo de Gila preguntar : ¿me puede pasar con dios?

  2. Angel de Japón Says:

    Pues a pesar de la mejora y de esa posibilidad de llamar al Dios de guardia, que ni se me había ocurrido, voy a seguir sin teléfono celular.

  3. Chiqui Says:

    Yo también miro de reojo lo que escribe o lee la gente… Lo reconozco.
    Y me hubiera quedado hipnotizada si tengo una japonesita con una libreta rosa escribiendo esos caracteres tan extraños… y esos corazones.
    (Yo soy de cuadernitos de colores para todo… me gusta escribir en mi agendita, titulares, impresiones, citas… lo que sea.)

    Ah, y también me gusta fijarme en los grupos o gente peculiar que viaja conmigo. Me gustaría saber su historia… me gustaría también hacer como Juan José Millás…

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