El cristal con que mira Rosa Regás le ha hecho percibir un color distinto del que me permite ver el mío. La ex-directora de la Biblioteca Nacional, en relación con las causas de su dimisión y del modo con que su ministro le indujo a ella, ha afirmado que «con un hombre no se habrían atrevido a esta operación de acoso y derribo». Creo que se equivoca de lleno; de hecho el nuevo ministro ya se había atrevido un mes antes a sustituir a todos los varones que heredó en altos cargos de la ministra que le precedió. Debe ser que invocar la llamada «discriminación de género» despierta simpatía mientras que invocar otras discriminaciones no goza de apoyos.
Sin duda el nuevo ministro tiene unas personas de confianza a las que nombrar para esos cargos de confianza y esa suele ser la razón que causa los relevos más comunes, pero también parece notorio que, de haber sufrido la Sra. Regás una discriminación, ha sido del tipo de la que «con una mujer joven no se habrían atrevido»; su edad ha jugado en su contra y ni siquiera ha percibido esta sí común discriminación tan universal y tan innecesaria que es casi imposible practicarla en España por desaparición visual de los sujetos que la padecerían.
La Sra. Regás es, a simple vista, el único ejemplo de alto cargo perteneciente al grupo de edad de 65 y más años (17% de la población española en el censo del 2001) que supera ampliamente al grupo de edad de menores de 15 años (14,5% en el mismo censo) (Boletín informativo del INE 2/2003)