Bondades

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cayuco03.jpg Hay quienes se debaten entre la obligación de impedir la entrada de inmigrantes y la voluntad de acogerlos. Si quisiera que alguien admirase mi bondad o me votase para presidente de la depuradora más cercana, diría que me debato entre la elección de impedirles por cualquier medio la entrada y la devocion de alojarlos en mi propia casa o en un hostal pagando de mi bolsillo, pero temo que me considerarían una mala persona por creer que bromeaba con la dignidad ajena. Claro está que lo dicho se aplica a los emigrantes en situación de necesidad, que también hay otros a quienes se les baila el agua en los consistorios españoles. Hasta ahora entre las muchas consideraciones que se hacen sobre la emigración no he oído ninguna, y todavía menos pronunciadas por bocas institucionales, que se haga la única pregunta que creo pertinente y de cuya respuesta depende la política inmigratoria: ¿Cuantos? Es decir aceptamos a los habitantes de las islas Mauricio, a los de Senegal o a los de Nigeria (en el imposible y teórico supuesto de que todos ellos quisieran venir). A grandes números, ¿aceptamos 1 millón, 12 millones o 150 millones de emigrantes? Las buenas personas siempre dan a entender que hay que aceptar de manera ilimitada, pero quizá duden ante alguna de las anteriores cifras, sin considerar su ritmo temporal. ¿Qué cifra nos parece razonable, cuantas personas cuyos derechos estamos dispuestos a pagar? ¿O queremos de forma implícita que sean la desesperación, la fuerza (¡ojo! que muchos de los que llegan de manera difícil parecen fuertes y decididos, a ver si lo que queremos es quedarnos con lo mejor de cada país) o la picaresca las que decidan quienes entran y, casi siempre, quienes entrar a ganarse la vida con penalidades? ¿O preferimos seguir cargando la culpa a las mafias que nadie (¿nadie?) sabe quienes son y con qué complicidades cuentan y a quien nadie parece importar que sean más poderosas que el Estado?

P.S. Lo anterior podría referirse a una parte de la emigración, la que parece que entra ilegalmente, a la fuerza o al menos de manera irregular. Pero cuántos hay que entran tranquilamente por los Pirineos, después de haber pagado parte de su escaso dinero a aduaneros comprensivos de afamados paises de la Unión, dejando sistemáticamente todos los ocupantes del autobús eurobilletes entre las páginas del pasaporte al entrar en el espacio Schengen. Nuestros rumanos podrían contar historias poco edificantes.