La aversión y las donaciones

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Nunca hemos podido entender la manía visceral que una buena parte de los de su oficio tienen a Bill Gates. Es uno de los escasísimos programadores que ha hecho una fortuna, cuando la mayoría de los que ha ejercido esa profesión han tenido remuneraciones escasas para la dificultad e importancia de la misma y escasa consideración en general en sus empresas, desde los comienzos de Dijkstra, «the humble programmer»; esto podría apuntar a la envidia como origen de la aversión, pero es improbable por lo extendido de la opinión y el desprendimiento de un gremio que muchas veces colabora de forma gratuita en el mejoramiento del llamado software libre.

Parece que la manía anti Gates obedece al poco aprecio de los productos de su empresa y la opinión de que se han «impuesto» de manera monopolista. No discutiremos esas opiniones aunque no sólo los datos serían contradictorios, sino que quienes han vivido la expansión de Microsoft han visto muchos años en los que existían muchos productos competidores y los compradores han elegido con bastante libertad los de Gates (o no han elegido bastante los ajenos), con todos los matices que puedan hacerse y las zancadillas que puedan ponerse como ejemplo.
No obstante, esta posta no va de eso. Trata de decir a quienes no sienten simpatía por Gates que si lamentan haber contribuído a su riqueza, una parte de su aportación revierte a gastos sociales a través de una Fundación. Las cifras (abrumadoras en el caso de la Fundación Gates) pueden verse aquí y son más del doble de las que le siguen en cuantía de fundaciones estadounidenses con varias generaciones de existencia como la Ford. En concreto , para el año fiscal 2004 la Fundación Gates donó 1.255.762.783 dólares. El patrimonio de la fundación es 28.798.609.188 dólares. El compromiso de la Fundación Gates de eliminar la malaria y la tuberculosis se ve respaldado por importantes cantidades de centenares de millones de euros. Pensemos que entre todos, en el lapso de una generación, hemos pagado un oligopolio y una nueva cruz roja. Eso bien vale un buen cuelgue y un buen pantallazo azul. Por cierto, los españoles acaudalados, tan apreciados habitualmente, podrían tomar buena nota.