Estos primeros días de 2006 se han visto con frecuencia en las costosas pantallas de información de las carreteras españolas esas consejas a las que tanta afición tiene la DGT (a nosotros nos da corte tratar a toda una Dirección General de tú y preferiríamos tratarla como DGS, Seguridadeneltráfico, pero los ciudadanos no influimos sobre los nombres). Dos de esos lemas nos han producido un malestar inquietante: “Volver es lo más importante.” y “La velocidad puede matar.” Primero, volver no es lo más importante aunque, en un viaje, puede serlo llegar al fin sin problemas. Segundo, la velocidad puede matar al igual que la quietud, la somnolencia o la impericia propias o ajenas. Tercero, aunque posiblemente todos entendemos lo que se nos quiere decir con las frasecitas, los poderes públicos no están ahí para obligarnos a lidiar con sobreentendidos ni para practicar moralina de tercera. Por separado podríamos tragar los lemas con dificultad, pero juntos en repetitiva secuencia nos producen un atasco insuperable. Volver tiene una ambigüedad que desequilibra el mensaje, porque si lo más importante es volver y se entiende como la acción de dirigirse a algún sitio, la velocidad (excesiva) nos ayuda a divertirnos en ese propósito, hace divertido lo importante, mientras que si se dijera llegar es lo importante ese exceso de velocidad podría entenderse como un obstáculo.
De cualquier manera, ¡Basta ya de monsergas! Haga cumplir la ley si se considera justa para la prevención de accidentes de los conductores, modifíquese si la pretensión es otra y no haga mala literatura y mala moralina. Si la velocidad excesiva es perniciosa, ponga los medios para que se cumplan las limitaciones o, si lo cree con firmeza o lo sabe con certeza (como el humo del tabaco), prohíba que se fabriquen y vendan en España vehículos que puedan alcanzar esas velocidades (Ej: 130 máximo y sanción a los fabricantes y concesionarios que incumplan) igual que se impide que circulen vehículos de anchura, altura o características especiales si no van precedidos de trompetas y con los permisos obligatorios.
Para ayudar, ahí van nuestros veinte céntimos de consejo: Considérese al vehículo como herramienta cómplice de cualquier falta en la conducción e impónganse sanciones también al vehículo, desde la inmovilización por período de una hora en casos leves al achatarramiento de todo vehículo en caso de muerte. Hay muchos conductores irreflexivos con las vidas ajenas, pero muy sensibles a su tiempo y a su patrimonio. En todo caso, al final deberían estar los jueces.