Nacionalidad oculta.

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Unos desconocidos abordan a un abogado en un aparcamiento de Castellón, le golpean, le encierran en el maletero de su propio coche, le secuestran y finalmente le dan una paliza espantosa hasta matarle y abandonan su cadáver.
Varios días después, la policía detiene a un hombre y una mujer sospechosos del asesinato. En un momento en el que el detenido solicita ir al baño, agrede a los dos agentes que le custodian e intenta escapar, aprovechando que es alto, de complexión fuerte y que le pareció posible. Los agentes le disparan y hieren en la rodilla y el abdomen. La mujer, de nacionalidad española dice la noticia, ha encubierto al hombre con quien mantiene una relación sentimental.
Al día siguiente, el titular de “El País” dice que el detenido tiene orden de expulsión. Puesto que parecería raro que un nacional español fuese expulsado, el artículo dice en la quinta línea que el detenido es de nacionalidad venezolana.
¿Es tan poderoso el odio al extraño, la xenofobia, como para que sea necesario disminuirlo o paliarlo mediante la ocultación (torpe en todo caso) o el retraso en la comunicación de un dato de un detenido, que como la nacionalidad todos saben que no es relevante en la comisión de un delito? ¿O quizá lo que se teme es que los datos acerca de la nacionalidad evoquen otros datos más graves tales como la incomprensible permeabilidad de algunas fronteras o el incumplimiento frecuente de las leyes de expulsión para quienes tienen delitos?