
Hoy he tenido un duro despertar: a las 4 de la mañana, en el más profundo de mis sueños, los gendarmes que vigilan las carreteras en puestos fijos han decidido controlar a los viajeros de mi autobús.
Le enseñamos el pasaporte al joven uniformado y a dormir de nuevo.
Este no era mi sueño, pero era “un sueño”.
Me despierto con el amanecer y veo por primera vez campos cultivados y también en una población el primer accidente: un coche ha golpeado a una motocicleta.
Entrando en Córdoba una gran pintada muy bien hecha debajo de un puente de unos sin techo donde seguramente unos sin techo debían dormir. (¿Esto es un “metagrafiti”?).
Y, cómo no, ¡vamos con retraso! Llegamos un poco antes de las 10, así que las 11 horas y media se han transformado en casi 13 de viaje.
La estación de autobuses de Córdoba es grande (luego he leído que es la mayor del país) y parece que hay otra cercana más moderna para los de distancias cortas. Te aviso por si vienes.
Desayunamos allí y en el cambio del importe me han dado un billete de 10 pesos que es el billete en peor estado que he recibido, no tan guarro como uno de Bariloche, pero sí más roto todavía. En el anverso tenía un trozo pegado con celo trasparente y otro con celo traslúcido. En el reverso lo que lo sujetaba parecía un trozo de esparadrapo quirúrgico.
¡Cómo puede solucionar sus problemas económicos un país que ni siquiera puede retirar de circulación esas iniquidades billetarias!
Ahí tenías a los próceres de la patria montados a caballo y levantando orgullosos sus espadas debajo del lema “República Argentina en unión y libertad” en medio de aquel pegote.
Creo que me lo guardaré como recuerdo.
Desde la estación vamos andando hasta el apartamento, pues aquí vamos a alojarnos en uno de ellos.
El anfitrión es un médico embriólogo (de eso nos enteramos después) que nos enseña el alojamiento y nos entrega las llaves.
Es un sitio encantador, más pequeño que el de Salta, pero tiene todo lo que necesitas: una buena cama, un cuarto de baño y una sala de estar con cocina totalmente equipada. Y con dos aparatos de televisión y con “Netflix”, nos dice el dueño.
Pues llevamos aquí 21 días y todavía no hemos visto la tele ni un solo día.
Estamos en el piso 11 de un moderno edificio, pues Córdoba, como comprobaremos luego, sí tiene muchos edificios bastante grandes de viviendas, aunque no sean rascacielos.
Tras aposentarnos y asearnos nos vamos a empezar nuestra vida de turistas y comenzamos como siempre por la oficina de turismo. Allí encontramos a una agradable y entusiasta señora que nos indica todo lo que debemos ver y nos explica que ha estado en España y ¡cómo no, en Córdoba!
Le pregunto por un restaurante “bueno, bonito y barato” y nos recomienda (lo que no suele ocurrir en estas oficinas) uno cercano que ha estado muy bien y que además nos ha permitido romper el “cerco de la carne” de los restaurantes argentinos: un plato de lentejas. Y la camarera, como en otras ocasiones, me reclama la propina al entregarme el tique de la comida, no sé si piensan que como extranjeros no les daremos o es que la piden a todos.
También nos ha informado de compañías que hacen tours desde aquí. Encontramos una cercana y solo tiene una excursión para mañana de la que queden plazas. Y nada más hasta el sábado.
Ya nos habían dicho que no era fácil encontrar excursiones en esta época del año y esta es una maldición para los turistas; si vas en temporada alta todo está abierto y hay de todo, pero también los precios son más altos y está lleno de gente. Si vas en baja los precios son menores y hay muchas cosas cerradas y escasean las ofertas turísticas.
Y aquí debemos estar en “temporada intermedia”, así que la de “la Cumbrecita” no era la opción más interesante para nosotros, pero la hemos contratado.
Y ya con ambos problemas resueltos nos vamos a seguir con la vida de turistas en Córdoba.
En un restaurante al pasar vemos anunciado “cabrito mamón”. Que parece un insulto. Solo le falta una coma y un signo de admiración: ¡cabrito, mamón!
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