
El Cerro de la Gloria.
Un letrero que hay allí dice que se llama así “por albergar en su cima al Monumento conmemorativo del Ejército de los Andes, inaugurado el 12 de febrero de 1914 (1.000 msnm)”.
Y esta precisión de su altitud ya es un dato curioso, que me recuerda a la divertida película “El inglés que subió una colina, pero bajó una montaña” en la que unos cartógrafos dicen que para que la montaña de ese pueblo sea considerada eso, una “montaña” le faltan 20 pies.
Pero debe ser algo importante para la idiosincrasia argentina, pues antes de llegar allí hay una especie de “premonumento” con un letrero que dice que estás a 980 metros.
Porque cuando subes, por lo menos si lo haces a pie, te encuentras antes de llegar a la cima una serie de esculturas que podrías creer que ya son el verdadero monumento.
Así, en una pared hay varias placas de bronce de lo más curiosas.
La más prosaica dice que es un “Homenaje de la Asociación Argentina de las compañías de seguros” al general San Martín.

Otra tiene una dedicatoria que parece sacada del Eclesiastés más que de una comisaría, perdón “subcomisaría”: “La inmortalidad de cada ser radica en su esencia misma y vivir en el corazón de los que dejamos atrás no es morir”. Está dedicado a un cabo por el personal “policial” de ese centro.
Luego hay otra serie que son curiosas por el lugar donde el personal ha pasado la mano.
¿Por qué tocarán la nariz de ese general hasta que esté brillante?

¿O esta otra de los tranviarios?

¿O la de “Corrientes a su hijo” con el lema de “La tierra guaraní entrega al mundo un héroe”?
¿Hay mejores “constructores” de frases huecas?
Lo curioso de esta placa es que no solo le tocan la nariz al héroe, sino también la teta izquierda a la joven que tiene sentada en su regazo y de la que desconozco su significado, ni su forzada postura, pasándole el brazo por detrás de su cabeza.
Y por allí sentados los visitantes con su inevitable mate.
Pero ese no es el monumento, que subes unas cuantas escaleras y te encuentras con el verdadero y enorme monumento.
El letrero te dice que el lugar fue elegido por el propio escultor, el uruguayo Juan Manuel Ferrari “para realzar el símbolo de la epopeya a modo de cúspide”.
Vaya, este no era argentino, pero como si lo “seriese”.
Y acaba: “para la erección del monumento contó con las sugerencias varias personalidades entre las que se destaca el Perito Francisco Moreno”.
Y estas dos “personalidades», el General San Martín y ese Perito Moreno te las vas a encontrar por todo el país. Como al Dalai Lama donde haya tibetanos.
Y realmente la primera impresión al encontrarte con ”el monumento” es de las de ¡guau!

Lo mires por donde lo mires.
Y tan impresionante como el cuerpo central del monumento son los frisos que lo rodean. Porque aquí no solo están representados los valerosos militares, que lo están
sino que también están las damas de Mendoza entregando sus joyas para los fondos de la expedición
y también los carpinteros, fundidores y herreros.
¡Vaya, que todos colaboraron! E imagino que de buen grado.
Y de nuevo la sorpresa de que aquí lo que toquen con ahínco sean los cuernos de los bueyes de la expedición.
¿Tendrá algún significado en el mundo de los tótems primigenios?
A mí, siempre que sea gratis y no sea doloroso, me parece muy bien.
Realmente merece la pena subir hasta allí.

Cuando bajamos vemos a un hippie vendiendo baratijas, lo curioso es que es un “abuelo hippie”.
No publicamos la foto del abuelito, que la tenemos, no vaya a ser de alguien que decidió abrazar ese tipo de vida y dejar lo establecido y de esta manera sus seres queridos lo localicen y lo reintegren a su vida anterior.
Etiquetas: Argentina, Cerro de la Gloria, Dalai Lama, Ejército de los Andes, General San Martín, Mate, Mendoza, Perito Moreno










06/03/2024 a las 16:15
No sabes qué descanso cuando he visto al terminar el que creo que es el último del grupo «mates» que no te hayas dedicado a explicarnos cosas como la raíz cuadrada o complicadas ecuaciones.
Prefiero tu relato.
07/03/2024 a las 21:46
Gracias, gracias porque ya veo que me lees con atención.
Corregiré mis errores.