
Hoy es Sábado Santo y mientras que en mi pueblo se desgañitan tocando el tambor con una fe medieval, aquí, a menos de unos 100 metros de nuestro apartamento, un grupo de policías de la provincia de Río Negro lo hacen tocando en plan de charanga de chicas, de esas que ahora están de moda encabezando las manifestaciones, lo que ocurre es que las de la charanga van por el Paseo del Prado y estos de aquí (todo hombres) lo hacen cuando están aburridos y parece que se aburren mucho. Y además lo hacen bastante mal: lo de aburrirse y lo de tocar el tambor. Y encima de vez en cuando queman algo (imagino que un neumático o aceite de los de motor de un coche) en un barril metálico y provocan una densa humareda negra.
Pues aquí están y como son “la ley y el orden”, pues a joderse tocan.
Oye, que estoy a favor del derecho huelga, pero… Vaya, que no sigo, no vaya a ser que cuando vuelva a Bariloche me reconozcan y tenga algún problema.
El día amanece glorioso, pues desde este apartamento con el gran ventanal orientado al este es una maravilla ver como aparece el sol en el horizonte. Y desde la cama.
Hoy lo vamos a dedicar a la excursión más conocida por estas tierras: el bosque de los arrayanes y la isla Victoria.
Pequeño madrugón, pues a pesar de que el transporte nos recogerá en la puerta de un hotel cercano, no es cuestión de llegar tarde y perder la excursión y el día. Y la pasta que nos ha costado, pues es la más cara que hemos pagado hasta ahora: 21.300 pesos a los que hay que añadir 500 por tasas de embarque y 3.500 por acceso al “Parque Nacional Nahuel Huapi”.
Y me ha parecido una maniobra muy sibilina: a los extranjeros nos cuesta esos 3500 y a los nacionales 1000, pero en la lista de precios se presenta como 3500 de entrada general y que los residentes argentinos tienen una concesión, como los niños y los jubilados (argentinos). O sea que tú pagas más que ellos, pero no puedes quejarte porque pagas lo justo y ellos pagan menos, pero es una “concesión”.
Pero yo sí me quejo (solo aquí) y deseo que a los argentinos que no tengan pasaporte español (no sé si queda alguno) cuando visiten Europa también les apliquen un 200% más. Vaya, y dado mi espíritu internacionalista, aunque visiten Camboya.
Vamos desde el centro de Bariloche en un autobús de medio pelo (nada que ver con los “transatlánticos” de largo recorrido) hasta Puerto Pañuelo, el puerto que está debajo del hotel Llao Llao, adonde no podremos ir a tomar el té.
Allí pagas los 3500 más los 500 pesos por persona adicionales y embarcas en un bonito catamarán, el “Cau Cau”.
Tienes que estar sentado mientras sales del puerto, pero luego puedes irte a una cubierta superior al aire libre, que es lo que hemos hecho, aunque estaba un poco fresco, pero no vas a venir aquí y quedarte sin ver este maravilloso paisaje, porque eso es lo que es: una maravilla.
Marisa me ha repetido varias veces que le recordaba a los paisajes de Nueva Zelanda, especialmente a los de un viaje que hicimos en un barquito que hacía de correo.
La guía del barco, Natalia, nos explica que el nombre “Cau” significa en mapuche “gaviota” y que cuando se repite funciona como un sufijo aumentativo y así “cau cau” sería “gaviotón”.
A no ser que el mapuche sea un idioma monosilábico como el vietnamita, no me parece algo muy avanzada esa técnica lingüística, pues para decir “cabronazo” tendrías que decir “cabrón cabrón” y se pierde mucha fuerza con la repetición.
O con “solterón”: “soltero soltero”, aunque se podría incluso cuadriplicar para indicar que es un “solterón muy solterón” que parece una cosa de Rajoy: “es un soltero y mucho soltero”.
NB
El Word no está preparado para el mapuche, pues detecta ese aumentativo y te da la opción de “eliminar palabra repetida”.
En este barco (y quizás todos los que funciona por aquí) han puesto en marcha una interesante iniciativa para evitar los desperdicios de plástico: el café o té te lo sirven en un vaso de plástico que te cobran y te devuelven el importe al retornarlo a no ser que quieras guardártelo como recuerdo. O que seas el macarra más grande del mundo (en mapuche “macarra macarra”) y decidas tirarlo por la taza del váter.
También te advierten que no des de comer a las gaviotas para evitar la transmisión de la gripe aviar. Y estos láridos que son muy listos solo acompañan al barco los primeros minutos y luego desaparecen cuando se percatan que seguimos las instrucciones de Natalia.
La navegación por el lago es una maravilla, aunque la mayoría del personal permanece sentado tranquilamente en el salón mirándose los unos a los otros o a su omnipresente teléfono celular; solo algo más de una docena estamos en la cubierta superior.
Así llegamos a la isla donde está el bosque de los arrayanes.
Etiquetas: Argentina, Bariloche, Bosque de los arrayanes, Hotel Llao Llao, Isla Victoria, Parque Nahuel Huapi








26/02/2024 a las 10:44
¡Que fotos! Son preciosas.