
Observaciones en carretera.
Hay rotondas enormes, como ya comprobé estos días, pero es que nos encontramos con una que es como un campo de fútbol. Lo que tiene el ser un país tan grande y tan despoblado.
Las paradas son muy breves (aunque durante toda la noche no me he enterado), solo bajada y subida de pasajeros, pero en Cipolletti ha sido diferente: nuestro autobús que debía salir a las 10:30 lo hace a las 12, porque después del retraso que lleva, ha parado aquí un buen rato, pues se ha ido a cargar combustible y a limpiar el baño.
No sé qué pasará si tienes que hacer un trasbordo y tu autobús va con tanto retraso.
Los argentinos o creen mucho en la Providencia o en la Reencarnación, o desconocen las leyes de la física o más concretamente las de la dinámica: ninguno se pone el cinturón de seguridad en el autobús.
Al cabo de una hora de recorrido el paisaje cambia y de los árboles frutales y las alamedas pasamos de nuevo a una estepa como la que rodeaba Puerto Madryn. Y eso que hemos encontrado unos lagos de los pantanos del río Limay que son para agua de boca para las ciudades, para riego y para energía hidroeléctrica, pero debe ser esta tierra como los Monegros, que el Ebro pasa por allí, pero como si no pasase.
Seguro que has oído hablar de las famosas cotorras argentinas que impiden la paz y el sosiego en algunas ciudades españolas, pues en este viaje hemos tenido a dos, pero humanas. Resulta que en este segundo tramo del recorrido estamos situados en los dos asientos delanteros de la sección “camas” y han bajado dos señoritas de mediana edad del piso superior y se han puesto a charlar sin parar durante una hora delante de nosotros. Al final les he pedido que bajasen el volumen y muy educadamente se han subido a su palomar, perdón, cotorrar.
Cuando llega la hora nos comemos el bocadillo que nos habíamos comprado en la cantina de Cipolletti: es el más grande que me ha comido en mi vida. Y estaba muy bueno.
La abuelita cantinera me había ofrecido “aderezos” y le pregunté que qué eran: mayonesa, mostaza y kétchup. ¡Ojalá los hubiese cogido, pero dada la situación quizás habrían acabado en mis pantalones en lugar de en el bocadillo!
En el tiempo de espera en la estación de Cipolletti he descubierto una de las razones por las que no me gustaría ser argentino: por no ir a todos los sitios con el termo encima y además tener que ir rellenándolo continuamente de agua caliente.
Llegando a Bariloche el entorno cambia totalmente: la estepa se convierte en vegetación con árboles y además otoñales, pues al revés que en España aquí el otoño empieza antes en el sur que en el norte y los álamos ya empiezan a estar amarillos.
Y llegamos a Bariloche con en el retraso acumulado de todo el viaje.
La estación de autobuses, “Terminal de Ómnibus” en terminología argentina, está a casi 4 km del centro, pero hay un autobús que sale de allí y nos deja delante del alojamiento y encima se puede utilizar la tarjeta SUBE que adquirimos en Buenos Aires para el transporte urbano, así que nos decidimos a cogerlo. Sabia decisión, pues en 5 minutos estamos delante de nuestro apartamento.
Está situado en un sitio inmejorable: un gran edificio (quizás el más grande de la ciudad, como comprobaremos más tarde) al lado del “Centro Cívico”, que es el centro de la ciudad.
Allí nos espera la persona que gestiona ese apartamento, Virginia, y nos quedamos encantados con él: moderno, con todo lo necesario, 21 m² y con un ventanal que va de pared a pared y que está encima de la plaza del Centro Cínico y con el lago Nahuel Huapi a la izquierda.
Y la “gestora” la persona más encantadora de este país.
Ha sido una suerte, pues estos días Bariloche está sin una plaza hotelera libre.
Ya es un poco tarde, pero podemos dar una vuelta por una ciudad que tiene mucho personal por la calle.
Cenamos en un restaurante recomendado por Virginia y también ha sido un acierto: una cena estupenda regada con un vino patagónico y rematada por un postre de chocolate increíble y es que esta ciudad es famosa por ese manjar.
Pero de eso hablaremos otro día.
Etiquetas: Argentina, Bariloche, Buenos Aires, Cipolletti, España, Nahuel Huapi, Tarjeta SUBE, Terminal de Ómnibus







20/02/2024 a las 13:02
Ángel, copio y pego: «Centro Cínico» ¿en qué estabas pensando? El bocadillo ha hecho rugir a mi estómago. Muy bien el viaje y el relato.
20/02/2024 a las 21:49
Gracias Yo misma.
Efectivamente he escrito “Centro Cínico” para comprobar si de mis escasos lectores alguno se percataba del error y te has llevado el premio a la agudeza visual.
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