6. 2. Argentina 2023. 1 de abril, sábado. Cuarto día de viaje. De Buenos Aires a Puerto Madryn. Segunda parte.

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Dejamos a Morse y a la Mariscala y nos dirigimos a la Casa Rosada, quizás el edificio más famoso del país, por lo menos para nosotros, porque si ya era conocido antes por su color, cuando la terrible dictadura militar lo fue más todavía, por las manifestaciones de las Madres de la Plaza de Mayo, pues allí es donde está situada.

Y en el monumento al General Manuel Belgrano, también famoso por esas recalcitrantes y dolorosas señoras que han dejado piedras con los nombres de algunos desaparecidos.

NB

Ventajas de escribir con un gran decalaje temporal: en otra visita al final del viaje descubrí que esas piedras eran en memoria de muertos, pero no de la represión de la dictadura, sino en protesta contra el gobierno de Alberto Fernández por la gestión de la pandemia de COVID-19.

Damos un paseo por aquella bonita y gran plaza y de repente nos encontramos con una estampa insólita y extraña: un grupo de 5 hombres mayores, 4 de ellos arrodillados y uno de pie (este debía tener las rodillas jodidas, el pobre) delante de una mesita que hacía las veces de altar, con diferentes imágenes de vírgenes y santos.

Uno de ellos lee (imagino que reza) un papel y otro lleva en sus manos un rosario Además, uno lleva el pelo cortado como un samurái japonés o un culi chino, como los representan en las pelis, que sin armadura no distingo a uno del otro.

Hice mal en no preguntarles, pero como estaban rezando y muy concentrados, no se me presentó la oportunidad de inquirir por su credo. 

Lo más curioso es que no hubiese ninguna mujer, a lo peor es que eran como esos vascos que no quieren mujeres en sus procesiones. Aunque eso también ocurría en mi pueblo (e imagino que en muchos más) en los años 50, y más tarde, cuando en algunas procesiones de Semana Santa estaban excluidas las mujeres. Vaya, siguen excluidas en todos los temas importantes, pero eso no parece importarles. Me refiero, claro está, a la iglesia católica, que los luteranos están más abiertos, aunque los anglicanos sigan nombrando a su Papa como lo hacen. Y no sigo con los amables budistas, porque no acabaría nunca.

Al salir de la plaza vemos a un equipo de filmación: ¡qué follón de gente! No me extraña que luego en los títulos de crédito de cualquier peli haya cientos de nombres. Y seguro que hay varios escaqueándose.

Regresamos al apartamento con una parada para comer y elegimos el mismo restaurante de anteayer y de nuevo grandes platos de carne en el menú ejecutivo.   

Del alojamiento a la estación de autobuses vamos andando, pues además de que no está lejos, la única cuesta que hay es cuesta abajo: en 15 minutos llegamos.

El autobús es como esperábamos: grande, con dos plantas. Hay asientos “semicama” y “cama” y nosotros tenemos de estos últimos, pero separados y un par de chicos jóvenes nos cambian su asiento “de pareja” por los nuestros.

Por cierto, estos chicos se dedican a la captura de ostras, pero no he logrado entender casi nada de su explicación por el ruido del compresor que está a nuestras espaldas y por mi incapacidad de comprender a algunos argentinos.

El autobús es muy cómodo y los butacones son enormes y se pueden inclinar casi hasta la horizontal.

Antes parece que servían bebidas calientes y comidas en bandejas, pero con la COVID lo suprimieron y ya no lo han recuperado.

Cuando estuvimos en Chile, hace unos 40 y tantos años, también no sirvieron comida en un autobús y recordamos las manzanas rodando por el suelo.

Esto de las “camas”, como ya he explicado, solo es en el piso inferior donde vamos 12 pasajeros, que en el de arriba (donde tendremos que viajar en algún tramo otros días) es todo de pasajeros.

La salida de Buenos Aires es como la de todas las grandes ciudades: autopistas y casas y barrios que las rodean. Nada de interés, aunque luego entramos en el campo y creo que ya es la Pampa y es enorme, enorme y sin vida humana por ningún lado: grandes extensiones con ganado vacuno y caballos, pero sin casas, ni pueblos y todo vallado. Y no se acaba nunca, por lo menos hasta que se hace de noche.

Estos autobuses, a diferencia de las grandes líneas turcas (mi otro punto de referencia y comparación), no paran nunca: vaya, no lo hacen para cenar, ni para beber algo, ni para rezar (que sí lo hacían los turcos), sí para subir y bajar pasajeros. Así que tienes que ir provisto de comida y sobre todo de bebida, aunque parece que hay un grifo que proporciona agua, pero sin vasos, que un joven enorme ha tenido que inventarse uno con una bolsa de plástico para beber, sin percatarse de que ahora estas bolsas tienen agujeros para evitar los ahogamientos. Cuando hemos acabado una de nuestras botellas se la hemos dado pensado que tantas horas sin poder beber debe ser un suplicio. Y como nos ha visto tan caritativos, nos ha preguntado si teníamos un cable USB, pues este bus no tiene WIFI, pero sí enchufes para cargar en todos los asientos.

Se hace de noche, extendemos las “camas” y a dormir.

Salimos a las 14:55 y esperamos llegar a las 9:55. Nada, 19 horas.

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