29 de marzo del 2011.
Amanece de nuevo con sol. Esto no debería ser una novedad pero todavía llevo en mi mente los primeros días del viaje.
En la sala de desayunos del hotel quedan cuatro italianos de un grupo más numeroso que vimos ayer. Me habría gustado saber cómo viajan pero imagino que deben hacerlo en un minibús solo para ellos. Son gente de 50 a 60 años, excepto uno más joven que parece que hace de guía, y visten ropa deportiva pero elegante. Y con calzado que indica que van a hacer un trekking suavecito.
¿Por qué venimos a esta ciudad? En mi anterior viaje fui de Van a Tatvan y de allí a Midyat. Tatvan no era demasiado interesante excepto para ir a Ahlat y para ver el monte Nemrut, el verdadero Nemrut Dağı. Y digo “verdadero” porque es el más alto, 3.050 m, aunque el más pequeño, 2.150 m, con el mismo nombre pero cercano a Malatya, es más conocido y fuera de Turquía es el único conocido por sus famosas cabezotas. Este Nemrut, el que está aquí, es el que dio origen al lago Van después de una gran erupción. Pero Tatvan como tal ciudad creo que no tiene demasiado interés aunque el de la recepción del hotel de Van se quedó sorprendido de que viniésemos a Bitlis y no a Tatvan: “En Bitlis no hay hoteles y sí en Tatvan”. Realmente aquí solo hemos visto el hotel donde estamos, por eso me sorprendió que entrasen en lo del regateo.
De Bitlis dice la guía que está infravalorada porque tiene una de las mayores concentraciones de edificios históricos restaurados de Anatolia Central. Y además nunca había estado aquí.
Empezamos la visita por una antigua escuela coránica, İhlasiye Medrese, muy recomendada por la guía donde además dice que está la oficina de turismo. Realmente es una preciosidad de edificio. Nos sorprende que en la entrada haya tres guardias de seguridad. Uno habla un poco de inglés –como mi nieto de 5 años- y nos dice que sí se puede visitar pero no se pueden hacer fotos en su interior. Y además nos acompaña en la visita. Resulta que no está allí la oficina de turismo sino una oficina del gobierno pero no he logrado saber de qué. Y aunque el interior es muy interesante lo que hay allí hay es una docena de funcionarios, con sus mesas y sus papeles, trabajando en las oficinas más bonitas de Turquía. O quizás de Europa. Uno de ellos me explica que lo de turismo está a unos 3 km y que delante de este edificio pasa un microbús que te lleva hasta allí.
No entiendo como pueden pretender hacer un lugar de visita turística de un centro de trabajo. Ahora los visitantes debemos ser cuatro gatos, pero imagino que si empieza a venir gente no dejarán acceder al interior.
Pasamos por un instituto cercano donde unos jovencitos berrean para atraer tu atención.
Cogemos la furgoneta y nos vamos a la oficina de turismo. Está en un edifico moderno solitario en las afueras de la ciudad. Realmente no es una oficina de información turística, como hemos podido comprobar, sino la sede oficial de cultura y turismo de la provincia, porque ¿a quién se le ocurriría poner un puesto de información tan lejos del centro?
El edificio tiene un enorme hall con la consiguiente recepción y una ventanilla de “Información”, pero allí no hay nadie. Nos guiamos por las voces y bajamos un piso: un grupo de señoras están haciendo trabajos manuales. Decoran platos con el que es el icono de la ciudad: la madraza que acabamos de visitar con 5 preciosos minaretes. La profesora muy orgullosa nos enseña el trabajo de sus alumnas y nos indica donde está el turismo. Con una especie de ordenanza llegamos a un despacho con un señor muy elegante. Realmente no sé quien era pues su título estaba en turco y era muy largo pero al preguntar por “tourist information”nos han llevado allí. Lo primero de todo un té. Lo segundo la sorpresa de que allí nadie habla ni una palabra de inglés. Pero han sido mucho más amables que en cualquier otra oficina y además nos han dado todos los folletos que tenían. Mientras el ordenanza los estaba buscando el jefe nos ha enseñado en su ordenador un vídeo de un grupo de folclore musical local del que él es el director. Y otra cosa especial: nos ha echado un chorrito de colonia como hacen en todos los restaurantes cuando te vas.
Volvemos al centro y seguimos nuestro recorrido turístico con la Gran Mezquita, Ulu Cami, de comienzos del siglo XII. No tenemos claro donde está la puerta de entrada pero un señor nos acompaña hasta ella. Creo que no hemos encontrado una ciudad con gente más amable que ésta. Te podrán gustar los monumentos o no, pero todos los encuentros personales que hemos tenido han hecho que merezca la pena la visita a esta ciudad.
La mezquita tiene un interior arquitectónico muy interesante pero han recubierto la parte inferior de azulejos claros y pintado de verde el resto así que es del 1216 porque te lo dicen pero igual podría ser del 2011. Y además estamos solos pues aunque no es la hora de la oración siempre te encuentras a algún rezador o a alguien que está descansando en la mullida alfombra que recubre los suelos de las mezquitas. Pero aquí el personal masculino -el único que reza en estos lugares- prefiere estar sentado tomando el té en los múltiples cafetines que hay en las calles y plaza que rodean el edificio. Y así como son los únicos que rezan, son los únicos que están sentados tomando té. Y cuando digo “los únicos” es que no hay ni una sola mujer. Ni una.

Pregunta antropológica: en las mezquitas sólo hay hombres, en los cafetines sólo hay hombres, en las tiendas sólo trabajan hombres (no sé en las de ropa interior femenina), en los restaurantes sólo trabajan hombres, en los hoteles sólo trabajan hombres.
¿Alguna explicación?
Buscamos la mezquita Serefiye, Şerefiye Camii, que también recomienda la guía y un joven nos pide en la calle que le hagamos una foto. Resulta que es mudo. Luego pasamos por delante de una panadería y nos invitan a entrar.
Nueva sesión de fotos. Se empeñan en que nos llevemos un pan plano de esos que miden unos 20 por 60cm. Es un regalo pero como podemos lo evitamos. Pasamos luego por delante de una herrería. Hacen hoces entre tres: uno en la fragua y dos con los martillos cuando el primero las saca totalmente candentes (“rosientes” dicen en mi pueblo). Son tan manuales que cada una es de su leche.
Al lado de esa mezquita hay una madraza. En la puerta un señor nos invita a entrar: es una carpintería de muebles y él es el dueño. Rápidamente nos hace sentar delante de una estufa de leña y nos saca dos tés.
Luego nos enseña el taller-madraza y como nos ve tan interesados nos lleva hasta su despacho que parece que era el del director de la escuela. Por supuesto, insisto, yo no hablo ni una palabra de turco, excepto”berenjena” que aquí no sirve de mucho, y él solo habla turco. Pero qué maravilla tener un taller en una escuela coránica del siglo XVI.
En nuestro paseo por ese barrio un señor de unos 40 años nos pregunta si hablamos alemán, Pues no. Nos dice que él habla alemán, turco, kurdo y árabe. Yo entonces le pregunto en árabe la única frase que me sé: “¿Tú hablas árabe?”. Se ha quedado de piedra y obviamente no me ha dicho ni una palabra porque se había tirado el pegote con nosotros sobre esa lengua. Como nos podía haber dicho que hablaba transilpeno, fertiapo y urgasingo. Quizás la próxima vez que quiera apabullar a alguno le diré que hablo todas esas lenguas. Pero éste le ha hecho tanta gracia que le haya pillado que se ha ido riendo con sus amigos.
En el restaurante se sienta solo en una mesa cercana a la nuestra un niño de unos 6 años. Le colocan medio plato de ensalada y medio de una pasta hecha a base de tomate y picante que suelen poner casi siempre (“a más a más”) y un gran pan plano, como le que nos quisieron regalar y un ayrán. Y nada más. El niño se come parte de todo ello y se va. Sorprendente, pero debe ser un cliente fijo que siempre come lo mismo.
Entramos a comprar naranjas en una frutería y tienen una caja de algo que parecen almendras verdes pequeñas pero con cáscara. El dueño me da una para probar y me dice que se comen así sin pelar: efectivamente son almendras verdes tiernas. No les encuentro ninguna gracia a no ser que tengan algunas propiedades curativas.
Parece que esta ciudad es famosa por su miel y a gusto la compraría pero no quiero ni imaginar qué pasaría si se te abre un tarro de miel dentro de la mochila. Así que renunciamos al manjar.
La guía también recomienda la visita a un caravasar (palabra sobre la que “discutí” en un post en mi viaje del 2007), El-Aman Kervansaray. Afortunadamente nos hemos enterado esta mañana que estaba a 13 km y no a 2 como dice la guía pues en ese caso habríamos ido andando. También dice la guía que fue construido en el siglo XVI y que tiene un “hamam”, una mezquita y tiendas. Así que lo que esperas encontrar allí es un edificio antiguo reconvertido en un centro comercial de esos pijos que hay en las periferias de las grandes ciudades cercanas a ciudades de chalets de “alto standing”.
El lugar no puede ser más bonito. A un lado una gran montaña nevada y al otro, en la lejanía, el Nemrut y en el resto una llanura cubierta de nieve hasta donde alcanza la vista. Pero ni un solo coche en el aparcamiento y aunque está abierto no hay nadie en su interior. Aparece fugazmente un vigilante jurado que al ver que somos “gente de bien” desaparece en dos segundos y no volvemos a verlo más.

Yo me preguntaba viendo aquel estupendo edificio cuanto tiempo tardaría en España en estar cubierto de pintadas. Dado el gusto otomano por cortar narices y orejas a los infractores leves de normas y reglas quizás lo sigan haciendo ahora.
Así que aunque es un edifico totalmente vacío merece la pena su visita. Quizás dentro de un tiempo esté en pleno funcionamiento mercantil y sea otra cosa pero ahora es precioso.
Volvemos a Bitlis con una furgoneta y en la entrada veo el típico letrero con el número de habitantes: 44.060.
Acabamos el recorrido turístico subiendo al castillo. A mi pregunta de los lugares donde solo hay hombres habría que añadir éste: aquí hay muy poca gente pero todos son jóvenes varones.
La vista sobre la ciudad es impresionante y el día que puedan dedicar recursos a las excavaciones seguro que encuentran muchas cosas pues un letrero en la entrada dice que el castillo data de la época de Alejandro el Magno.
Vamos a internet al mismo lugar que ayer, (que curiosamente se llama como mi madre, Marina), porque saben hacer que Flickr no sea una web prohibida. He buscado información de hoteles para Mardin y de uno de ellos dice que es “unsexy”. Imagino que será “poco atractivo” pero por si las moscas no vaya a ser un “faux ami” y luego me llevo una sorpresa, decido buscarlo en un diccionario en línea: los pudibundos filtros turcos hacen que se cierre el navegador. Por si era otra cosa lo vuelvo a intentar y vuelve a hacer lo mismo. No me lo podía creer. Y eso que lo que buscaba era “unsexy”.
Acabamos el día en el mismo restaurante que ayer. En estas ciudades al mediodía los restaurantes están llenos pero por la noche –o mejor por la tarde, que aquí el personal cena muy pronto- están medio vacíos. Ayer estuvimos casi solos pero hoy lo estamos completamente. Y como ya somos clientes habituales nos vienen a ver el camarero y el cocinero. Resulta que son hermanos –aunque se parecen tan poco como mi hermano y yo- e hijos del dueño. Están muy interesados por nuestra situación familiar y por saber cosas de nosotros. Es una pena lo del idioma pero hemos estado hablando-gesticulando durante media hora.
¡Qué gente tan encantadora!
20110329