2. De Estambul a Erzurum.

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Madraza de los minaretes gemelos. De Estambul a Erzurum.

Fue una buena decisión quedarnos a dormir en la otogar. Si hubiésemos ido a Sultanahmet entre la ida y la vuelta y la búsqueda de hotel tampoco hubiésemos podido hacer nada más excepto echar una ojeada a las maravillosas Santa Sofía y Mezquita Azul, pero eso ya lo haremos a la vuelta y no será una mirada apresurada sino larga, reposada y repetida.

El desayuno del hotel es el clásico turco: aceitunas, huevos duros, tomate, pepino, queso blanco, sopa y té. Y mucho pan. Y otro clásico turco: todo hombres.

Vamos a nuestra compañía de autobuses, me encuentro con el empleado que estaba ayer y se alegra de vernos: es agradable esa sensación. Nos lleva hasta el autobús: nuevo y estupendo como todos los que salen de Estambul. Nada que ver con los vehículos a los que nos tiene acostumbrados la India.

El día ha amanecido nublado y con el suelo mojado. Una especie de neblina cubre todo Estambul.

Nos espera un largo viaje del que no sé la duración con seguridad. Quizás nos apresuramos a comprar el billete del primer autobús, que salía a las 10 de la mañana,  pues nos dijeron que llegábamos a las 6 de la mañana, o sea 20 horas, pero la guía dice que son 19 y luego alguien nos dice que 18, lo que quiere decir que llegaríamos a las 4. Y llegar a esa hora a una ciudad puede ser una putada.

En estos viajes van dos conductores y un azafato. Compruebo que en éste se ha perdido la costumbre de echarnos un chorrito de colonia en las manos después de cada parada; pero te suministran agua cada vez que la pides y pasa con un carrito después de las principales paradas en el que puedes escoger entre té, “tres en uno”, fanta y cocacola. Y, como en el desayuno, todos los pasajeros son hombres excepto dos abuelas. Quizás sean más jóvenes que nosotros pero los ropajes anatolios que llevan –nada del europeísmo de Estambul- hace que parezcan del siglo pasado, del XIX quiero decir, que para mí el XX siempre será “mi siglo”.

Al rato de salir de la otogar pasamos el Bósforo por uno de sus magníficos puentes  y aparece el letrero de “Welcome Asia”, señal de que comienza el verdadero viaje.

Todavía dentro de lo que debe ser el Gran Estambul (que no se acaba nunca) hacemos una parada: Harem. Una advertencia: en el viaje de regreso a Estambul muchos pasajeros se bajan aquí y cogen un transbordador para ir a Eminonü y así evitarse toda la vuelta hasta la otogar.

Nuevas paradas para recoger a más clientes y el autobús casi se llena. Y en cada parada los fumadores bajan como locos. Vaya, bajamos todos, menos las abuelas anatolias, pero es que los fumadores bajan como si les hubiesen puesto un cohete en el culo. ¡Mira que fuman los turcos!  Una vez leí la historieta de un sultán otomano que prohibió fumar a sus súbditos bajo pena de cortarles la nariz o las orejas si lo hacían. Pues no consiguió erradicar la nefanda costumbre y ahora el país está lleno de descendientes de aquellos desorejados para gran contento de “Philips Morris, BAT et al”.

Consejo: no compres un asiento que esté detrás de la puerta lateral pues no se pueden estirar las piernas. Lo mismo ocurre en la primera fila. Tampoco en la última pues allí, generalmente, no se pueden reclinar los asientos.

Los de este autobús tienen pantallas individuales con auriculares con una amplia selección de películas, programas de televisión y otras amenidades. Por supuesto todo en turco.

En una parada sube un abuelo y media docena de hombres a despedirlo. Los jóvenes le besan la mano y luego un par de besos en las mejillas. Creo que a mí también me gustaría que mis nietos cuando cojo el autobús para Erzurum me besasen la mano. En algunos países hemos visto que besan los pies o por lo menos les pasan la mano por ellos. Eso ya me parece excesivo que me lo hicieran.  Además para eso tienes que llevar sandalias o ir descalzo.

Pronto aparecen retazos de nieve en las colinas cercanas. Ayer vi el pronóstico del tiempo para  nuestras próximas etapas y no es nada bueno. Va a llover y nevar  y las temperaturas van a bajar por debajo de cero y como además va a hacer viento, la sensación térmica será de menos grados todavía.  Pero eso será pasado mañana. Confío en que los pronosticadores (que deben estar sentados en cómodos despachos de USA, Australia o Europa) se equivoquen. Y que sea para mejor.

Uno de los pasajeros nos ha tomado bajo su protección y aunque no habla una palabra de inglés nos lleva en cada parada hacia donde están los servicios y cuando es la hora de la comida (30 minutos de parada en lugar de los 5 ó 10 habituales) nos indica  el restaurante. Por supuesto toda esa información la deben decir por la megafonía del vehículo pero aunque cada vez se lo pregunto al azafato nunca lo tengo claro. Y aunque no es una sorpresa, pues lo conozco de otros viajes, para nuestra mentalidad lo es: en todas las paradas aunque los lavabos estén dentro del restaurante son de pago: una lira cada uno. Aproximadamente medio euro, lo que para el nivel de ingresos de este país es bastante caro. Excepto en uno en que había torno, en los demás lo habitual es pagar a la salida en una caseta que controla ambas entradas.  Y paga todo el mundo excepto algún abuelo anatolio que no debe haber pagado por esa acción en su vida, y que lo habrá hecho en cualquier tapia de su pueblo, aquí sale sin pagar pero el portero del meadero  le llama al orden.

En una parada a mitad de camino sube un señor con un abrigo magnífico y debajo con traje estupendo, se sienta en un par de asientos libres que hay a nuestro lado y al poco se pone a rezar. Para eso no basta con ser piadoso: hay que ser pequeñito y muy flexible, porque arrodillarte en los asientos y encima hacer las inclinaciones que hacen los musulmanes en tan estrecho espacio tiene mucho mérito. Espero que su Dios se lo tenga en cuenta y lo recompense adecuadamente aunque no haya tenido la preocupación de hacerlo hacia la Meca, que lo he controlado y lo hacía hacia el sur. Además es un tipo amable y colaborador: nos ha ayudado en un par de ocasiones y nos ha explicado que es sastre en Erzrurum. Así se entiende lo elegante que iba.

No he visto rezar a nadie más en un autobús aunque en todos los restaurantes y gasolineras en que hemos parado tienen un pequeño oratorio y algunos lo han utilizado. Pero en general estos viajeros no parecen demasiado rezadores.
Madraza en Erzurum

Aprovecho el largo viaje para leer algunas cosas de Turquía y de la región donde vamos; la guía la llama “Noreste de Anatolia”.

De Turquía dice que uno de sus peligros es una enfermedad que se transmite por la “sandfly”. Pienso en una traducción directa: “la mosca de la arena”.  No he oído jamás  hablar de tales moscas así que en cuanto tengo oportunidad lo busco en el diccionario: “flebótomos”. Eso ya  me deja más tranquilo porque en mi vida me he encontrado con ninguno. Y si lo encuentro tampoco lo reconoceré: si desconoces el peligro eres inmune a él. (¡Vaya tontería! Parece de Gadafi).

Pronto llega la noche. Hay que pensar que este país tiene  sólo una hora de diferencia con Europa pero España es el país más occidental y a Turquía le correspondería más de una hora si se considerase todo el territorio y encima nosotros viajamos hacia el este. Así que anochece muy tempranito.

No quiero dormirme enseguida para evitar el problema de despertarme a las dos de la mañana en un autobús y no poder pegar ojo. Me pongo un rato el reproductor de música, lo que algunos llaman el “mp3”, pero es que además de ser un  caso de metonimia,  yo llevo grabado todo en WMA, así que menos “mp3” todavía.

Llega la noche de verdad  y dormimos como podemos.  En una parada logro preguntarle (y que me conteste) al azafato cuando llegaremos: a las 4 de la mañana. Llegar a esa hora a una de las ciudades más frías que conozco me parece una cosa horrible.

Alguna vez me despierto y compruebo que la nieve cubre todo el territorio y es que estamos siempre entre 1500 y 2000 metros de altitud. Pienso en lo que he leído esta tarde en el capítulo de viajar  con bicicleta por esta zona. Tiene tres peligros: los chicos que te tiran piedras, los lobos y los perros kangal de los que dice que son muy feroces. No me imagino a nadie pedaleando por aquí estos días.

Veo también la luna, una grande y  preciosa luna llena. Y me acuerdo de que este fin de semana (esta noche es la del sábado al domingo)  es una gran fiesta en Japón: el equinoccio de primavera  y de la amargura que están pasando estos días.

Y a las 4 y media de la mañana llegamos a Erzurum. Han sido  18 horas y media.

Una respuesta to “2. De Estambul a Erzurum.”

  1. Avatar de miguel miguel Says:

    lo del abuelo y el portero del meadero es ciertamente descarnado, asi como el resto de la narración , y sigo encanado de risa. en

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