1. De Madrid a Estambul.

by

De Madrid a Estambul.

Una ventaja de volver a un sitio conocido es que ya no tienes las incertidumbres del primer viaje y otra es que hay cosas de las que ya no tengo que escribir. Así no tengo que decir nada de Turquía como país pues ya lo he escrito en mis dos viajes anteriores en las crónicas de este blog.
De nuevo nos lleva mi hijo al aeropuerto y como siempre nos amonesta –aunque tendría que decir mejor que “me amonesta”- sobre los peligros que debemos evitar. La verdad es que nuestra familia estaba preocupada pensando que nos podíamos ir a Japón y siguen con ese sentimiento aunque hayamos cambiado de destino.
En la cola de facturación, delante de nosotros, una pareja de hombres de unos 60 y muchos y con un equipaje rarísimo. La señorita de la línea aérea les dice algo de “armas”. Primero pensé que podían ser tiradores deportivos que iban algún concurso, pero por su edad los descarté. Luego cuando dijeron algo de “munición” caí en la cuenta que debían ser cazadores. No quiero ni pensar como debes pasar las aduanas con ese material y menos moverte por el país. Como cuando veo a alguno con los esquís o con una tabla de surf, que pienso en lo incómodo que debe ser viajar así. Por lo menos los que llevan guitarra lo hacen por el sexo, vaya por ligar, aunque sea casi igual de incómoda.
Creo que los de hoy ya estarán acostumbrados y que el matar a un oso les merecerá la pena. Porque imagino que si te vas tan lejos y con aquel aparato es que vas a “cobrarte” una pieza que no puedes conseguir en tu país. Me pregunto si se traerán el oso entero o despiezado porque algo se tendrán que traer para enseñarlo a sus conmilitones cazadores.
La otra sorpresa es que el vuelo se retrasa: hemos salido tarde una hora. Así viene la larga espera en el aeropuerto. Y con tanto tiempo puedes ver muchas cosas; por ejemplo al señor Marichalar, el “ex real”, que debe haber cientos de “marichalares”en el mundo. Superelegante y cojeando levemente. Me parece que va con un niño pero no debe ser suyo porque cuando se lo comento a Marisa –que estaba dejándose las pituitarias en las tiendas de los perfumes- me pregunta que si llevaba guardaespaldas y le digo que no: ”pues entonces no es de los ‘reales’”. Claro que a lo mejor el hombre se ha vuelto a casar y ya tiene un niño mayor, que el tiempo pasa muy deprisa. O se ha casado con una divorciada con hijo. O…
Veo una oficina de cambio de AMEX y pregunto un par de dudas. ¡Sorpresa! Si cambias un cheque de viaje –que nunca caducan- de AMEX y en euros te cobran un 1,5% de comisión. Yo pensaba que con la que te cobraban cuando los comprabas ya había bastante: pues no.
Cuando pasamos a la sala de espera del embarque para nuestro vuelo ya aparecen las primeras mujeres “tocadas a la turca”. Y por supuesto “ellos” vestidos como tú y como yo. Pasa una jovencita con unos pantalones 4 tallas más pequeños de los que necesita y unos zapatos que deberían estar prohibidos en los aviones pues podrían ser más mortíferos que una navaja –véase como liquidaban a un mafioso con la patilla de unas gafas en “El padrino, parte III”-, pero lleva la cabeza bien tapada.
Llegamos al avión y una nueva sorpresa: mi asiento, que es el central de una fila de tres, es para un culo tailandés: apenas quepo yo y además es el único así. Descubro que es porque los apoyabrazos los han desplazado de los asientos contiguos hacia el interior del central y así esos son más amplios. Reclamo a la azafata y no sabe como restaurarlos a la posición original. Llega un azafato de esos de “dejadme a mí” y tampoco. Afortunadamente no viaja nadie en el otro asiento y me puedo cambiar pero resulta increíble que no sepan como funciona aquello.
Atravesamos el Mediterráneo y recuerdo que ayer por la tarde la ONU aprobó restringir el espacio aéreo libio y que su líder ha dicho que el que lo intente se va a arrepentir. Como el Sr. Gadafi ya tiene experiencia en derribar aviones civiles pienso que podría volver a hacer lo mismo (la otra vez al final se lo perdonaron) pero creo que si le dicen que a lo que está apuntando es a un avión de un país de buenos musulmanes no se atreverá y esperará a alguno de infieles. Por si acaso no le hago partícipe a Marisa de mis cavilaciones. Además si te tiran un misil no te debes ni enterar.
Una ligera comida y lectura de los sitios que pensamos visitar. Me encuentro con Oltu y me acuerdo que es lugar de donde era el anatolio que me encontré en otro viaje por aquí. Y también encuentro una información que de la manera que está escrita te deja un poso de amargura: es sobre Yusufeli. “Quizás sea la última vez que este libro tenga una sección dedicada a Yusufeli: está programado que la ciudad y parte del vecino valle desaparezcan bajo las aguas”. En definitiva, que una presa la anegará.

En el vuelo observo a una pasajera que me recuerda a una joven que conocemos: se pasa el tiempo mirándose en un espejito. (Vaya, me la recuerda por su porte, no por lo del espejito). Es una joven espléndida y no sé que le preguntará. Hace poco vi una peli, “Mataharis”, donde una de las protagonistas no hablaba una palabra con su marido, sin estar enfadada con él (a pesar de tener una de las mejores voces del cine nacional, Adolfo Fernandez), pero sí lo hacía con las macetas, imagino que se dirigía a las plantas y no al recipiente, y creo que incluso lo hacía también con los peces de una pecera. Eso debe ser horrible, pero estar todo un viaje hablando solo con el espejito…
Y llegamos a Estambul con una hora de retraso y encima una larga cola para el control de pasaportes.
Un consejo: antes de llegar a ese control debes pasar por una taquilla donde compras el sello para el visado: 15€ cada uno. Si vas despistado puedes pasar sin verlo y cuando llegas al policía que debe poner la marca encima de ese sello pues vuelta a empezar. Otro consejo: mejor que lleves el dinero exacto. Y no te escames si te ponen el sello en libras esterlinas o en dólares aunque pagues en euros pues pegan lo primero que tienen a mano. O hay algún truco con la diferencia de cambios. Que no lo he investigado.
Nos vamos del aeropuerto a la estación de autobuses (en adelante “otogar”) con el metro. Es directo y como la línea empieza en el aeropuerto, “Havaalani”, es fácil cogerlo y tener asiento. El problema es comprar la ficha para acceder al metro. Como no había nadie en las taquillas tienes que sacarlas de las máquinas en las que solo encontré instrucciones en turco. Y éstas solo admiten billetes de 5 y 10 liras (TL) y nosotros solo teníamos de 20. Intento cambiar los billetes con el personal que llega pero no me entienden o tienen prisa. Encuentro una máquina que admite billetes de 20 pero no logro entender como funciona. Uno se apiada de nosotros y nos ayuda, a pesar de que llegaba corriendo. Siempre encuentras buena gente por el mundo: no solo hay “gadafis”.
Cuando llegamos al otogar ya no hay autobuses para Erzurum, nuestro próximo destino; el primero que encontramos es para mañana a las 10 de la mañana. Pregunto por un hotel y caigo en las manos de un “gancho”; me hace dar un par de vueltas inútiles pero consigo quitármelo de encima a pesar de lo pegajoso que es. Compramos los billetes y el señor de la taquilla nos ofrece quedarnos a dormir en una sala de espera del primer piso que está vacía. No habla una palabra de inglés pero nos volvemos a encontrar con otra buena persona.
Nos vamos al hotel de la otogar que a pesar del precio es solo regular. Cena y un ratito a internet. Allí la sorpresa de que no puedo acceder al correo de Terra. ¿Por qué? No sé si te habrás enfrentado alguna vez a una página web escrita en turco pero es como si estuviese en hitita. La única diferencia es que gracias a los desvelos modernizadores de Ataturk está escrita en caracteres latinos. Pero el resultado es el mismo. Le pregunto al dueño de la tiendecita y me dice que “problemas en Turquía”. No logro entender qué peligro puede suponer Terra. (Exceptuando a los que compraron a 157 y vendieron a 5€),
Y una novedad para Marisa: no puede entrar en su Gmail y es que en turco hay dos íes diferentes, una con punto (como la nuestra) y otra sin él, que en los teclado está situada precisamente donde la nuestra.
Y me voy a la cama pensando en los cazadores de esta mañana: cuando matan a un oso, si hay oseznos ¿qué hacen? ¿Los matan también y se los comen? ¿Los dejan para que se mueran de hambre y así servir de comida a los carroñeros y a las alimañas? Quizás sea mejor esta segunda opción porque de esta manera dejan funcionar la cadena trófica de la naturaleza. No, si al final resultará que son hasta ecologistas.

Una respuesta to “1. De Madrid a Estambul.”

  1. Avatar de miguel miguel Says:

    lo de lo los oseznos ,es para nota N.B., pero te desternillas de risa.

Los comentarios están cerrados.