48. Bangkok. Regreso. Día 6.

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Ayer nos dieron una buena noticia por la pierna de Marisa: el médico que nos atendió ha recomendado que el viaje de regreso lo haga en clase preferente. Y ahora la compañía de seguros está intentando conseguirle el nuevo billete. Espero que la próxima vez se le parta la pierna, que seguro que le dan primera. Es broma, que prefiero viajar en la bodega antes de que le pase nada malo.

Pero si ya te ha ocurrido pues no está tan mal.

También me dicen que les puedo pasar el cargo de los taxis de ir al hospital. Pero siempre que les presente los comprobantes. Estos de las compañías de seguros han debido viajar solo en taxi en Madrid y Barcelona. Y los más lanzados habrán llegado hasta París. Mira que pedir comprobantes en Asia… Si no me entienden el nombre del hospital que es una palabra inglesa de fácil pronunciación pero que ellos han “tailandizado”. La mayoría de las veces hasta que no enseñas el papel con el nombre manuscrito en tailandés no me entienden. Así que pídeles un comprobante de la “carrera”. Lo dicho, que los que han hecho las normas de mi compañía de asistencia en viaje no han viajado.

Hoy vamos a visitar Chatuchak.

Chatuchak
La guía dice de él: imagina que todos los mercados de la ciudad, con sus estrechos pasillos y sus sombrillas que proporcionan sombra se fusionasen en un solo gran mercado tipo campo de concentración. Añádele algo de estilo artístico, un clima como una sauna, la energía de multitudes regateando y ya tienes el mercado de Chatuchak. Más de 15 mil puestos satisfacen las necesidades de los cientos de miles de visitantes durante los dos días que dura ese mercado, el sábado y domingo.

Un poco exagerado me parece.

Es una de nuestras visitas fijas siempre que coincidamos en Bangkok en el fin de semana.

En el autobús de ida sube un revisor. Nos pide amablemente los billetes y me percato, como el otro día con la jefa de cobradores, que también lleva una galleta con las medallas. Lo curioso es que no he visto a ningún cobrador o conductor con ellas. Quizás es que como son budistas y almacenan méritos también funcionan así en la vida medallera: mientras son cobradores van haciendo méritos pero no se les reconocen hasta que suben de categoría y entonces les dan todas de golpe. Claro que en España en la vida profesional que yo conocí también era parecido.   Y no eran budistas, que eran capitalistas. Uno que no fuese director inventaba un exógrado reticente que servía para reducir varias escofinas un ciclo y ni caso. Pero uno con categoría de director inventaba un botón con cinco agujeros en lugar de los cuatro habituales y recibía premios y parabienes. Pero no solo pasa eso en la empresa privada que en la pública ocurre lo mismo: un maestro se deja el pellejo enseñando treinta años y ahí sigue. Es su deber y para eso le pagan. Y un “experto pedagogo” habla en la radio y en la televisión de cómo se debe enseñar y lo buenos que son los escolares y es laureado y reconocido. Y no ha visto un escolar ni una escuela. Vaya, como cuando los célibes curas católicos aconsejan sobre la familia y el matrimonio.

De todas las maneras me parece que a estos tailandeses les gustan mucho las medallas. Hoy hemos pasado con el autobús por varios centros militares y han subido algunos. Eran muy jóvenes y ya llevaban seis medallas. Claro que a estos orientales yo no les echaba más de 18 años y quizás tenían 60. Aunque tuviesen 22, ¿cómo se pueden conseguir seis medallas en un país que no está en guerra desde hace muchísimos años?

Llegamos a Chatuchak y ya está a tope. Se ven algunos extranjeros y hay algunos puestos claramente dedicados a nosotros pero la gran mayoría son tailandeses aunque veo a algunos occidentales con unas bolsas tan grandes que no entiendo donde las podrán meter cuando regresen a su país.

Creo que éste es uno de los pocos mercados, quizás el único, que a la entrada te proporcionan un mapa para no perderte.

Debido a mis problemas articulares, musculares y la edad (que no perdona, amigo) me duele mucho un hombro. Tanto que me tengo que sentar un rato.  Descubro un chiringuito con más de 30 camillas donde dan masajes.

Masajes en Chatuchak.

Solo hay una libre y contrato uno de “espalda, hombros y cabeza” durante treinta minutos. Creo que es el tercer masaje de mi vida. El primero fue en unos baños turcos que había en Melilla. Imagino que les llamarían entonces “baños moros” y desde luego no iba ningún cristiano. Por lo menos en aquel tiempo. Y parecía que el moro que te daba el masaje se estuviera vengando por lo de Granada.  El segundo fue en Estambul en mi primer viaje a Turquía. Aquel otomano parecía que se estuviese vengando por lo de Lepanto.  Pero con los tailandeses no teníamos rivalidades históricas. Que supiera. (Visto el resultado tendré que releer la historia). Además todas eran señoritas masajistas. Que ya se sabe que las chicas son más suaves. La mayoría de los clientes estaban recibiendo “masaje de pies” y estaban con los ojos cerrados y felices.

Masajes de pies en Chatuchak.

Le he explicado que tenía una tendinitis y otras cosas pero no hablaba ni una palabra de inglés y además no me he explicado bien por lo que luego aconteció.

Al comienzo me ha puesto una crema   en el cuello que picaba como un demonio. Recuerdo que de niño cuando tenías un dolor muscular te aplicaban una crema que se llamaba “Rubenal”. (Para ver si existe la busco en Google y debajo de su nombre dice “Problemas de erección. Información y soluciones para los problemas de erección”. Claramente es algo que ponen en todos los medicamentos o estamos hablando de otra cosa, porque si te ponen ahí la crema que me ponían a mí de niño o la que me han puesto en Chatuchak no vuelves a tener problemas de erección nunca más). Sigo. La crema quemaba muchísimo pero con un eficaz masaje la cosa ha mejorado. Hasta entonces yo estaba tumbado en la camilla boca arriba y ha ido bien. Sobre todo porque cuando no podía aguantar de dolor lo intentaba reflejar con gestos en la cara. Luego me ha pedido que me sentase en una banqueta y la señorita masajista se ha sentado detrás de mí. Creo que había visto una película hace muchos años en la que el protagonista estaba recibiendo un masaje tailandés. Estaba echado boca abajo desnudo en una camilla y la señorita masajista se le echaba encima y como ella también estaba desnuda y había untado al cliente con aceite…pues ya te puedes imaginar. Yo no tenía aceite, que tenía Rubenal, y no sé si mi masajista estaba desnuda, que no lo estaba, pero a mí no me clavaba las tetas, me clavaba las rodillas. En la espalda y en los hombros.

Que no he sufrido tanto castigo físico desde que estaba en los escolapios.  Ha habido un momento en que he intentado explicarle lo de mi tendinitis pero no me ha entendido nada. Ha sido horrible. Y lo peor es que la compañera de la camilla de al lado era una china gorda a la que le daban masajes en los pies y ponía una cara de felicidad…

Pero aunque me cuesta reconocerlo me ha quitado el dolor. Creo que volveré todos los años a que me hagan sufrir de nuevo.

Seguimos paseando y comprando alguna cosita.

Tocador de banjo en Chatuchak.
De repente todo el mundo se queda parado. Como en las pelis de ciencia ficción. Y es que por la megafonía sonaba una música que imagino que era el himno nacional. Ha sido realmente sorprendente.

Cenamos allí también y cogemos un bus de vuelta al hotel.

En los autobuses urbanos de Bangkok hay un cobrador –muchas veces cobradora- que se te acerca cuando ya estás colocado para que le pagues el billete.  En el bus de vuelta hoy la cobradora solo parecía que contase los pasajeros que subían y bajaban en cada parada. Busco el dinero para pagarle pero otro pasajero me dice que es gratis.  Menos mal que había leído un periódico que el gobierno había decidido que algunos autobuses de esta ciudad fuesen gratis a partir de hoy para luchar contra la crisis económica y favorecer al ciudadano. Y digo “menos mal” porque como no dan gratis nada en ningún sitio me hubiese mosqueado bastante ese hecho. Vaya, que podría pensar que es que nos llevaban a alguna clínica pirata para descuartizarnos y utilizar nuestros órganos para transplantes. Pero como recordé lo de “gratis” pues me tranquilicé.  Lástima que era de los autobuses más baratos y puestos a tocarme algo gratis hubiera preferido coger uno de los caros.  Pero ha estado bien. Pero no puedo aprovechar esa “medida económica” porque leí que los gratis están indicados por un letrero y no voy a ponerme a aprender a estudiar tailandés en los dos días que nos quedan que si no podría dedicarme a conocer Bangkok por la gorra. Además bien pensado, mira que son inocentes estos tailandeses, ¡pensar que algo que cuesta dinero como mantener una red de transporte no lo va a pagar nadie! Como cuando en las fiestas patronales de cualquier pueblo de España dicen que los conciertos son gratis. Serían gratis si los músicos y la vocalista y los técnicos y los que montan el sarao no cobrasen nada, pero… ¿gratis?

Pues hemos llegado a nuestro destino y no se han quedado con ninguno de nuestros órganos.

Como ha cambiado el mes se ven muchos que vienen o se van.

En la recepción del hotel hay un grupo con unas mochilas enormes y unos bultos todavía más enormes esperando el transporte para ir al aeropuerto. Y es que todos compramos como locos en esta ciudad y luego no nos cabe nada.