Esta mañana vuelvo al desayuno tradicional del huevo (o de la tortilla) después de haber estado desayunando “mohinga” todos estos días pasados. Pero sólo porque nos espera un largo viaje en autobús y no quiero sorpresas digestivas porque si no os recomiendo “mohinga”.
Pienso que ayer dejamos de ver algo que nos recomendó la señora del hotel: un Buda reclinado que si lo recorres dando tres vueltas en el sentido budista cogido de la mano de la persona que quieres te volverás a encontrar con ella no sé si en el más allá o en el más acá. O sea no sé si en la “otra vida” o en la reencarnación.
Me hubiese gustado ir más que nada para ver si los birmanos hacían la ceremonia porque lo de la reencarnación en el mundo budista no sé como va, pero si es como en el mundo hindú que te puedes reencarnas en cualquier animal pues puede ser una putada. Porque tú te reencarnas en cerdo y a lo peor tu amado en matarife. Que lo de “Lady Halcón” que es lo más parecido que me viene a la cabeza era muy bonito pero también muy improbable. Además ya nos gustaría a muchos reencarnarnos en un tipo tan varonil y guapo como Rutger Hauer, aunque solo fuese por el día, que total por la noche nadie te ve.
Pero no fuimos porque al encontrarnos con los de Alcorcón nos despistamos.
Vamos al mercado de Nyuang U, donde vivimos. Como siempre muy interesante. Hay unos grandes pescados y le pregunto a un pescatero si son de este río. Debe pensar que soy idiota por la fuerza con la que me contesta: son de mar y vienen de Rangún. Pero es que el río Ayeyarwady a su paso por aquí es impresionante y si en el pantano de Caspe hay siluros de más de 50 kilos no sé porqué aquí no puede haber pescados de 8 ó 10 kilos.

Nos vamos a Correos a echar una postal para nuestros nietos. No he visto una oficina con un emplazamiento más insólito. Está a más de un kilómetro después de la última casa del pueblo. Tanto es así que pregunto varias veces pues creo que nos hemos perdido.

Enfrente del hotel hay un restaurantillo al que no hemos ido nunca pero que siempre tiene gente. Les pregunté ayer en la recepción para ir a cenar allí y me dijeron que solo servían ensaladas y por señas como si se comiese con las manos. Como que no era un sitio para ir a cenar. Pues hoy hemos decidido probar a comer allí: ha sido un éxito. Lástima que sea la última comida en Bagán. El dueño o encargado es un joven que habla inglés y además ha sido “súperamable”. Todavía me dura el “súper” vasco.

Después regresamos al hotel y a esperar la hora del autobús. Hablo con la directora del hotel. Esta mañana no estaba y nos han dicho que se había ido a un monasterio porque era una festividad budista. Me explica un poco de que va. Hablamos sobre la meditación que se practica en algunos monasterios porque a mí me da la impresión de que algunos van solo a echar una siesta. Parece que sí, que hay gente que va a meditar, gente que va a charlar y otros a echar una cabezada. Según ella lo mejor, o por lo menos lo que hace, es irse una semana al año a un centro de meditación en Rangún. Creo que no es un monasterio y no sé si hay monjes pero hacen la vida de ellos: desayunan a las cinco y media de la mañana y comen a las diez y media, y desde entonces ayuno hasta la siguiente mañana. Como además imagino que será comida austera te deben dejar el cuerpo como un reloj.
Le digo que ayer no fuimos al lugar que nos recomendó ella en el que había que dar tres vueltas y le comenté alguna de mis dudas. Me explica que si te portas bien vas al cielo y si mal al infierno. Vaya, como en todos los sitios. Pero le digo que qué pasa si damos tres vueltas juntos Marisa y yo cogidos de la mano y que como ella es buena va a la cielo y yo, malo, al infierno. Que cómo nos cogemos la mano entonces. Se ríe mucho pero no me lo explica. Debe ser que el budismo, como el resto de las religiones no es para mentes racionales.
De todas maneras mejor que no hayamos hecho lo de las tres vueltas pues debo pasar una noche en el autobús y con esa inquietud quizás me hubiese desvelado.
Llega el autobús y nos despedimos de ella. Quizás es la hotelera más atenta que hayamos encontrado en Asia.
El vehículo tiene mejor pinta que otros pero pronto descubrimos que es igual de incómodo. Claro que mucho mejor que el de Mandalay a aquí, que es de los que en la jerga viajera llaman un “local bus”. Y es que todos están hechos para tamaños asiáticos y capacidad de aguantar las incomodidades también asiáticas porque las piernas te caben pero se quedan encajonadas. Eso de que te quepan es un factor positivo comparado con otros y el que los vídeos musicales sean de tipo balada y el culebrón es lacrimógeno. Hay un padre que se emborracha y dos hijos mayores. Deduzco que debe ser viudo. Los hijos intentan que deje la bebida. Uno de ellos es más duro pero es que el otro es un pedazo de pan. Está muy bien el tratamiento que le dan porque acaba dejando la bebida, o a lo mejor es porque se pone malísimo y a dos por tres está a punto de morirse. Pero nada de médicos. Aquí se arregla todo con agua y tisanas. También hay alguna historia amorosa pero no la entendí. Tampoco supe si al final se moría o no el padre bebedor rehabilitado pues el vídeo se cortó para la cena.
Todos estos aparatos de DVD de los autobuses van regular y una de las cosas que les pasan son el “efecto estupefacción”. En éste pasaba mucho con el hijo bondadoso: el padre le decía algo, entonces enfocaban al hijo que lo miraba con cara de sorpresa, pero cuando llevaba dos minutos con el rostro estupefacto te percatabas que no era tal sino que se había quedado atascado el DVD en esa imagen.
Al coger el bus en Nyuang U éramos los únicos extranjeros pero en la primera población importante en la que paró subió el guarrillo que vino en el bus de Mandalay. Además se sentó en el asiento contiguo al mío al otro lado del pasillo. Para demostrarle que no le guardaba rencor a pesar de que había puesto sus sucios pies encima de mi mochila en el viaje anterior le expliqué como se hacía bascular el asiento, que fue lo primero que intentó, sin éxito, hacer. Lo segundo fue poner un pie en el reposabrazos del viajero que iba delante. Era un joven y no le dijo nada a él. Lo que hizo fue llamar al cobrador y quejarse de tan incívico comportamiento. Le dijeron al guarro –iba subiendo de categoría- que no podía poner un pie allí, y él muy digno, en lugar de disculparse, se levanto con cara de cabreo y se fue a uno de los asientos del fondo. Mejor tenerlo lejos. No volvimos a hablar en todo el viaje.
El recorrido es por la parte más seca del país. Bastantes palmerales y algunos ríos secos que cuando baja agua después de un diluvio deben ser impresionantes por el tamaño del cauce. Especialmente atravesamos uno enorme que en la parte de la salida corría un hilillo de agua pero donde había tres tractores grandes para rescatar a los que deben quedarse bloqueados.
Cogimos el autobús a las tres de la tarde. Paramos a cenar a las seis. La siguiente parada fue a la una de la madrugada y la última a las seis y media cuando hemos llegado a Rangún. Total dos paradas en las quince horas y media del recorrido. Los varones con problemas de próstata lo tienen jodido.
La capacidad de sufrimiento.
Antes he escrito de esa capacidad en los asiáticos pero creo que no es una característica de ellos como tales sino de los pobres. Porque aguantan largos viajes en vehículos incómodos, pero no hace nada que aquí, en España, viajaba una familia entera en un SEAT 600 en unas condiciones peores de comodidad que en esos autobuses y les parecía que era el cielo: ¡tener un seiscientos! Y lo digo en tercera persona porque en mi caso viajábamos, cierto que en distancias cortas, los cuatro miembros de mi familia, mis padres, mi hermano y yo, en una Lambretta (sin sidecar). Y ahora si tu coche no tiene climatizador es un drama. Y en cuanto le da a un pasajero un poco de sol son tales las quejas que piensas en lo de Josué que paró el sol y quieres pedir algo parecido pero al revés, que se nuble en el acto, claro que como no es para liquidar a los amorreos a lo peor el cielo no nos hace caso.