50. De Fukuoka a Tokio.

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En algunos hoteles el desayuno ha sido un buffet, en otros solo un té, en otros nada y en algunos era opcional. En éste de Fukuoka era de éstos últimos y al inscribirte te preguntan si quieres desayunar y te venden los tickets.

Llego al restaurante y el desayuno es de tipo japonés: una bandeja con un bol de arroz blanco, una sopita, un huevo duro, un cuenquecito con dos cosas vegetales, un sobre con unas tiras verdes oscuras y una bandejita con un trozo de tortilla francesa, un trozo de pescado y dos cosas blandas que no he sabido distinguir si era carne, pescado, vegetal o un invertebrado como una babosa cruda. O sea dos babosas. Todo buenísimo. Le pregunto a la camarera cómo se comen las tiras verdes: que las ponga encima del arroz. Pero sigo sin saber si se parten con la mano o si se ponen enteras, porque he estado espiando para ver como lo hacían otros comensales pero no he podido verlo. Me dejo el huevo para el final. Imagino que aquí la forma de quitarle la cáscara será como en todos los sitios, golpeándola, pero no he oído ningún golpe en ninguna mesa aunque solo somos tres o cuatro. Quizás la corten, pero no hay cuchillo. Tampoco sé si la etiqueta japonesa es golpearlo contra la mesa, la bandeja o contra alguno de los recipientes. Afortunadamente lo golpeo contra la bandejita ya vacía: era un huevo crudo. Me lleno los dedos de clara y se cae el resto por la bandeja. No sé que hacer y decido echar la yema encima del arroz y comérmelo así. Por lo menos cuando la camarera lo vea creerá que no me gusta la clara que si hubiese roto el huevo en la bandeja creería que soy un marrano. De todas las maneras me he sentido de lo más patoso. ¡Pero mira que poner un huevo crudo para desayunar!

Nada más salir del hotel ando detrás de una pareja. Ella lleva unos zapatos rojo brillante de tacón. No sé si serán de charol, aunque quizás esta palabra ni se emplee ahora. (¿Tendré que ponerla en mi lista de palabras en peligro de extinción?). Después de los zapatos unas medias negras que le llegan por encima de la rodilla. Luego unos 15 centímetros de muslo blanco (¿por qué les llamarán “amarillos”?) y acaba con una falda minúscula. Lo curioso de la figura es que los pies forman un ángulo de 53º con el vértice en las puntas, no en los tacones. Pienso en el servicio militar y en cómo tendría los pies esta chica en posición de firmes. Lo de los 53º es aproximado pues para medirlo exacto tendría que haber usado un transportador de ángulos. ¡Esa si que es una herramienta en desuso! ¿Lo ha utilizado alguno de mis lectores en los últimos diez años? Pues sin embargo formaba parte de nuestra dotación escolar de dibujo y todos lo teníamos, igual que la escuadra y el cartabón.

Cuando llego a la estación todavía me falta bastante para el tren del que tengo asiento reservado pero no para otro del que no lo tengo pero está a punto de salir y lo cojo.

Shinkansen

Esto del JP Rail Pass es el mejor instrumento de viaje por Japón para los turistas extranjeros. El único inconveniente es que no se pueden coger con él los “nozomi” y de Hakata a Tokio éstos son los únicos directos, en los demás hay que hacer trasbordo en Osaka. Así que de momento de Hakata a Osaka son dos horas y cuarenta minutos. Como cuando vine, no me he dado cuenta cuando pasamos de la isla de Kyushu a la de Honshu. El día está muy cubierto con nubes muy bajas. Todos los montes cubiertos de bosques.

En Osaka cambio de tren y hago lo mismo que al comienzo: cojo el primero que sale. Además como es la estación de origen puedes coger un buen asiento llegando un poco antes de la salida para estar de los primeros en la cola. De los ocho vagones dos son de fumadores y tres son sin reserva.

Como de Osaka a Tokio tengo tres horas por delante y ya he hecho los deberes (organizar mi llegada y estancia en Tokio) me pongo mi vieja música, la que solo oigo en estos viajes durante todo el año: cantautores y gritos de libertad de finales de los 60 y comienzos de los 70. Y sigo emocionándome con Ana Belén y “al corazón del amigo abre la muralla”.

Japón desde el tren siempre lo ves con bosques y con pueblos de forma casi ininterrumpida. Claro que en algún lugar tienen que estar tantos millones de habitantes. Y si no hay bosques y casas hay terrenos cultivados. Pero ni un trozo yermo aunque quizás el norte sea diferente.

El terreno montañoso se ha convertido en una gran llanura. El cielo sigue nublado pero ya no amenaza lluvia. Casi todas las viviendas son casas unifamiliares y algún bloque de tres alturas de vez en cuando. Y aparecen también alguna industria o alguna gran factoría, como la de la cerveza Kirin.

Ahora cuando casi estoy acabando el viaje a este país me entero de qué significa la cuerda que a veces está encima de las puertas de algunos templos o rodeando algunos árboles, por ejemplo los alcanforeros de Nagasaki: es la “shimenawa”, que sirve para declarar que un objeto tiene “kami”, o sea un dios sinto y que por tanto es un lugar sagrado.

Pasamos enfrente del monte Fuji. ¡Qué lastima que el día no esté claro! Lo que se ve de él es impresionante y además está totalmente cubierto de nieve. Tiene la silueta de un dibujo infantil de una montaña. Como el Ocejón, por ejemplo.

Y llegamos a Tokio a la hora en punto.

Aquí voy a estar en un hotel diferente al que estuve cuando llegué. Realmente voy a estar en dos, pues cuando intenté reservar en uno que recomendaba la guía por su ambiente japonés, solo había plaza los dos últimos días de mi estancia en Tokio y me busqué otro para el resto.

La primera sorpresa agradable es que hoy hace el día número 21 de mi pase de ferrocarril y por tanto el último, pero puedo llegar al hotel con él. La información que me enviaron decía que había un minuto andando desde la salida hasta el hotel: es verdad; pero hay diez minutos desde el andén hasta la calle. Yo empiezo a llevar mi mochila un poco cargada y cuando veo una gran escalera de las de siempre pienso en las señoritas españolas y sus grandes maletones. No sé como se las arreglarán.

El hotel es funcional y no está mal.

Como es domingo por la tarde me voy a ver algo que recomienda la guía y que hay que ver en este día: Harajuku. Les pregunto a las chicas de recepción y no lo conocen o no han estado nunca. Yo te diría que si estás aquí en domingo tienes que ir: es el conjunto de los más estrambóticos de Japón reunidos en la entrada de un parque y alrededor de un puente exhibiéndose para que los demás les veamos y les fotografiemos. Los góticos más negros con las caras más blancas que hayas podido ver. Las chicas más disfrazadas que te puedas imaginar. Y en definitiva un conjunto de japoneses que les gustaría ser otra cosa. Hay un grupo que bailan como en las pelis americanas de comienzo de los 60. Otros que van disfrazados de roqueros y que también bailan.

Harajuku

Creo que no he visto bailar peor en mi vida que a estos dos grupos. Además hay conjuntos musicales tocando en cualquier paseo del parque. Lo mismo: no he oído en mi vida tocar peor la música. Sin embargo tienen fieles escuchándolos. Y luego por el parque gente jugando a las chorradas que juegan en las películas americanas. Y también mucha gente paseando y muchos fotografiando a los disfrazados. Total que mucho personal. Pero no te lo pierdas.

Harajuku

A pesar de todo ese ambiente solo he visto a uno con agujeros no naturales y piezas en ellos. Tatuajes, solamente a dos chicas occidentales que estaban confraternizando con los roqueros. Y aunque nadie iba con manga corta, esas chicas sí, porque, claro, si llevas el brazo tatuado como un pirata y llevas manga larga has hecho un pan como unas tortas.

Harajuku

Vuelvo en metro. El 30% de los pasajeros está mirando la pantalla de su teléfono celular pero nadie habla por él. No sé si además de mirarla hacen algo más.

Antes de llegar al hotel me bajo en Akihabara que está de paso: la mayor concentración de tiendas de electrónica del mundo.

Ceno y regreso al hotel.

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