21. De Kioto a Matsuyama. Oyakama.

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De todo el viaje lo único que tenía claro y decidido eran Tokio y Kioto y además que, por el tiempo, iba a ser por el sur del país. El resto lo he decidido al llegar, como Nara y Himeji, o lo que he hecho hoy: ir de Kioto a Oyakama y de allí a Matsuyama que es donde escribo el borrador.

Después de tantos días sin tocar el equipaje hoy tenía que moverme por completo. Afortunadamente ayer descubrí la parte de la estación que debía utilizar hoy, porque si no me hubiese dado un buen paseo y quizás algún pequeño susto pues es tan grande que si te equivocas y vas justo de tiempo puedes perder el tren.

El de hoy de Kioto a Oyakama es de los buenos y rápidos. Vaya, aquí son casi todos buenos y rápidos, pero unos más que otros.

(En mi reproductor de música una de mis arias favoritas, sino la que más, “Vorrei spiegarvi, oh Dio!”, que ya expliqué en otra ocasión que la descubrí en una peli de Visconti de la que me acuerdo el nombre de su versión original pero no de cómo se tradujo en España: “Gruppo di famiglia in un interno”).

El plan es llegar a Oyakama, darme una vuelta y volver a la estación para coger el tren a Matsuyama.

Al llegar a Oyakama busco donde dejar el equipaje. Todas las estaciones tienen consignas automáticas de tres tamaños por lo menos. Cuanto más grande más cara. Metes el bulto, cierras, metes las monedas que te indica una pantallita y ya puedes llevarte la llave. Si cuando vuelves te has pasado de día debes echar más monedas, si no basta con las primeras. Los que hayáis utilizado estas consignas en Japón podéis imaginar el tamaño de mi mochila: cabe en las más pequeñas.

¿Qué hay que ver en Oyakama? Pues un jardín que pasa por ser uno de los tres más bonitos de Japón. La verdad es que no es la mejor época para ver jardines pero estando aquí me parecía una pena perderlo. Además hoy por primera vez no estaba el cielo cubierto en Kioto. Y aquí incluso me he podido quitar el chubasquero.

La ciudad es muy moderna pero no sé si por ser sábado el centro está medio vacío. Antes de llegar a los jardines te encuentras un castillo que si no hubiese visto el de Himeji me habría parecido algo importante pero tengo demasiado reciente la visita de ayer. Además la guía dice que en su reconstrucción lo han dejado todo demasiado moderno, así que me he limitado a echarle un vistazo de lejos.

Los jardines.

Jardines de Koraku

La guía dice que pueden decepcionarte porque gran parte son de césped y en esta época encima están secos así que iba avisado. A mí me han parecido preciosos. Son la imagen que tienes de los jardines japoneses: todo cuidado hasta el último detalle, todo diseñado, todo respetado. Bastante público pero sin aglomeración. En un trocito que hay unos ciruelos que empiezan a florecer están los fotógrafos como locos con sus trípodes disparando sin parar.

Jardines de Koraku

Me percato de que la reflex más abundante es la Nikon a pesar de que Canon sea también japonesa y la marca más importante ahora en fotografía digital. Al lado de los ciruelos hay una plantación de cerezos que dado su porte, son enormes; curando florezcan será una locura. En el punto ideal para hacerse una fotografía de boda con el castillo al fondo me encuentro eso, una familia vestidos de bodorrio fotografiándose.


Primero me he aprovechado del fotógrafo oficial del evento (éste sí que llevaba Canon) para hacer mis fotos y luego en el tumulto de los amigos que se hacían las fotos con los novios he vuelto a hacer más yo también. Iban todos muy arreglados, ellas con vestidos tradicionales, y la novia con un vestido blanco que quizás fuese de tradición sintoísta.

Fotos de boda en los jardines de Koraku

Sigo con el paseo y cumplo un rito como los demás visitantes: al lado de una plantación de té pequeñita dentro del jardín, la gente se sienta a tomarse un té con unos dulces especialidad del lugar. Y empiezo a tener problemas con los números pues cada vez encuentro más precios con los números sólo en japonés.

En unas grandes jaulas, como gallineros, unas grullas. Una vez leí que en este país hay unas grullas llamadas de Manchuria que no sé si serán éstas pero eran muy bonitas. Lástima de jaulas.

En estos jardines, como en todos los sitios, tiene varios baños. Pensaba que de todos los países que conozco los dos mejores para los viajeros con problemas de continencia urinaria son la India y Japón. En éste porque hay lavabos por todos los sitios y está muy limpios y cuidados. En la India porque puedes orinar donde te dé la gana. Sobre todo si eres hombre.

Entre los muchos fotógrafos que hay en estos jardines me encuentro a tres nostálgicos de la fotografía analógica. Uno lleva una Hasselblad (claro que una digital de esa marca cuestan un pastón, o dos), otro dos Nikon antiguas y el tercero una Nikon manual con una bolsa con el material como la que llevaba yo en los años 70. He estado a punto de decírselo.

En estos jardines hay muy pocos bancos pero logro sentarme un rato en uno de ellos. ¡Qué diferencia con los días pasados! Claro que la visita de hoy con la climatología de Kioto la hubiese hecho en 15 minutos.

Jardines de Koraku

Algunas parejas comen. ¿Y qué se puede comer en un país donde no hay pan y por tanto tampoco bocadillos? Pues comen unas cajitas primorosamente arregladas con trocitos de comida que cogen con palillos.

Salgo del parque y me voy a la búsqueda de un restaurante. Elijo según la guía pero lo cerraban a las dos. He comido otra vez la sopa de los fideos largos, largos y un bol de arroz. Si no te gustan los fideos no es un país para visitarlo. En la búsqueda del restaurante veo otros que ofrecen las falsas y apetitosas tortillas francesas. Ahora ya no me apetecen nada.

Veo unos padres con unas niñas vestidas como de “baturras japonesas”. ¿Por qué se disfrazará la gente? Siempre pienso en el día del Pilar en Zaragoza y en los miles de disfrazados. ¿Por qué lo hacen? No vale decir que “porque se ha hecho toda la vida”. “Toda la vida”, ¿es desde que apareció el primer aminoácido o el primer unicelular? ¿O los primeros homínidos? Pues no es desde entonces. Será “desde tiempos ancestrales”. Seguro que hay alguien que está haciendo una tesis doctoral sobre el concepto “ancestral” y cuantos años son eso. También puede que se disfracen para preservar las tradiciones. Entonces habría que ir disfrazado todo el año y a todas horas. ¿Para preservar el espíritu nacional? Entonces en vez de un disfraz lo que se deberían promocionar serían sentimientos nobles como el valor o la compasión. Pues todo eso pensaba viendo a las niñas disfrazadas de japonesicas.

Llego a la estación para coger el siguiente tren. El billete está solo en japonés y parece un adelanto de lo que me voy a encontrar a partir de ahora. Es un tren tipo “regional”, no tan rápido como los que he cogido así que voy a estar tres horas en él.

Pasamos de la isla de Honsu, donde están Tokio y Kioto, a la de Shikoku. El letrero luminoso que hay en cada vagón mostraba hasta ahora durante 15 segundos la información en inglés y 15 minutos en japonés (¿qué dirán durante tanto rato?); en este tren está solo en japonés. Lo mismo sucede con la megafonía. Claro que como voy hasta la última estación no es ningún problema. Además dada la puntualidad de estos trenes sabes donde debes bajarte por la hora de llegada.

A pesar de que estamos al lado del mar están las cumbres nevadas en las montañas cercanas. Cerca de Kioto habíamos pasado al lado de muchas cañas de bambú y por aquí también lo que me sorprende dado el frío que hace.

En el camino veo la primera iglesia cristiana.

En el lavabo del tren hay información en braille. Sigo sin ver ningún ciego japonés pero me pregunto como harán para atinar al hacer pipí en los de estilo japonés. En España no tienen ese problema pues aunque se meen fuera da lo mismo pero aquí que está todo tan pulcro…

La escritura japonesa en los letreros luminosos me tiene subyugado. Tengo la teoría de que el paso de la escritura vertical a la horizontal fue por esos letreros. ¿Te imaginas un letrero de metro y medio vertical en un tren? Todos los pasajeros con la cabeza fuera del pasillo para poder leerlos.

Y llego a Matsuyama. La guía dice que la oficina de turismo que hay en la estación tiene personal que te puede ayudar y que hablan buen inglés. Como hoy es sábado y he llegado un poco tarde debía estar el padre de una de las azafatas que habla inglés, para que su niña se pudiese ir de marcha porque el buen señor no habla ni una palabra. Quiero ir a un hotel que la guía dice que está al lado de la estación. Le pregunto y me lo marca en un plano. Salgo y no veo en la gran plaza que hay delante de la estación ningún letrero que ponga hotel. Y tampoco el nombre que busco. Hay muchos letreros pero todos en japonés. Pregunto a un par de jóvenes por el hotel. Nada. Buscando por la plaza encuentro un letrero de hotel. Espero que no sea ése porque no tiene buena pinta. De todas maneras entro a preguntar y me indican un gran edificio al lado de la estación. Efectivamente estaba al lado pero he estado 15 minutos dando vueltas con el equipaje.

En la recepción son encantadores pero no hablan inglés. Antesdeayer entré en la página web de este hotel pero estaba sólo en japonés. Como ponía una dirección de internet envié un mensaje para reservar habitación y no me respondieron. Tampoco tenía la habitación reservada: es que enviarles un mensaje en inglés es como si a mí me lo envían en japonés. Pero hay habitaciones. Tiene pinta de hotel de negocios y les pregunto si los fines de semana tienen un precio especial. No me han entendido pero creían que estaba regateando y me han bajado la tarifa para las tres noches que voy a estar aquí. Cuando llego a la habitación huele a rayos. Y entonces caigo que en este país hay sitios donde se fuma mucho quizás para compensar las prohibiciones de otros. Vuelvo a la recepción y me cambian a una de no fumadores. Consejo que os brindo para cuando vengáis aquí: pedid siempre habitaciones de no fumadores, que la otras huelen fatal.

Les pregunto en recepción sobre cosas para ver y me hacen fotocopias, me marcan los lugares, salen a la calle conmigo para indicarme donde se coge el autobús,…pero ni una palabra de inglés. Les pregunto un lugar para cenar. Un empleado me acompaña a un restaurante de la estación donde el único plato es sopa de fideos y le explica a la cocinera que me den de cenar aunque están a punto de cerrar. Un joven encantador.

El mejor hotel que he estado hasta hora, la gente más amable y el más barato.

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