14. Kioto. Día 3, segunda parte.

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La guía recomienda que visites el mercado Nishiki. Es uno de los más bonitos que he visto nunca, por lo que vendían y por la presentación. Y esas maravillas de comidas y el hambre que tenía me han dirigido a un restaurante de sushi. Era como uno en el que cené en Tokio: una cinta sin fin que pasa por delante de ti y tú coges lo que quieres. Además aquí era más fácil porque todos los platos tenían el mismo precio. ¡Me encanta el sushi!

Ahora, como ya voy más suelto en los autobuses, me voy fijando en detalles de la vida cotidiana. Por ejemplo, que los japoneses escriben de izquierda a derecha pero también de arriba a abajo. Para los letreros luminosos en el transporte siempre utilizan la escritura horizontal, pero en las pantallas que llevan en el interior de los autobuses dejan un rectangulito para la escritura vertical. Torre de KiotoLo que no he logrado enterarme es como controlan a los pasajeros. En las paradas todo el mundo hace cola y entras por la puerta trasera. Allí hay una maquinita y cada uno coge un papelito. (Menos yo, que como no sé qué hacer con él no lo cojo). Salen por delante del autobús, al lado del conductor, echan el importe en una máquina y les devuelve el cambio. Los que llevamos el pase de día unas veces lo metemos en la máquina y otras se le enseña al conductor. Yo como no sé la diferencia, por si las flais, siempre se lo enseño y me quedo con cara de ignorante esperando que me diga que me baje y hasta que no me lo dice me quedo allí esperando órdenes. Pero con el papelito no sé que hacen. Además de la voz grabada que va dando información en japonés de las paradas y de otra voz que les dice algo a los pasajeros cuando entran, también el conductor, que lleva un micro como Madonna, va hablando todo el rato. No creo que cuente nada divertido porque el personal no mueve un músculo en todo el trayecto. Además cada vez que se detiene en un semáforo se para el motor, que el primer día creía que el chófer era un novato y que se le calaba el motor, pero hoy he visto que no, que es un adelanto tecnológico anticontaminación. Es que si en Kioto no hacen cosas así, ¿dónde las van a poner en práctica? O como diría un político: ¿dónde las van a implementar?

El reflejo de la torre anterior.Esta mañana me he quedado sin pilas recargables para la cámara. Llevo ocho y las había recargado todas. Un desastre. He pensado que sería más zen no sacar ninguna foto. Pero luego me he arrepentido y he ido a comprar unas nuevas.

Un buen paseo por la zona comercial del centro y un ratito al hotel. Y entonces salía el sol. Le he dedicado un pensamiento cariñoso tipo “¡cabrón!”. Ya veremos mañana como está.

Vuelvo del nuevo al centro y al ir a coger el autobús me equivoco al salir a la calle desde el subterráneo de la estación del ferrocarril. Creo que la palabra técnica sería decir que me he equivocado de dársena. Afortunadamente me doy cuenta de que el que iba a coger tiene dos líneas con el mismo número, una va hacia el norte y otra hacia el sur. Al final encuentro la buena. Si me quedase aquí una semana me haría el amo de los autobuses y de la maravillosa estación: “master of the bus and the train station of Kyoto”. Un título un poco largo. Quizás sea mejor en siglas: MOBATSOK. Tampoco, que parece una sociedad del Este de esas que se dedican a lavar el dinero de las actividades ilícitas.

En el centro busco un restaurante pequeñito que he visto al mediodía que estaba lleno y donde comían de pie en la barra. La zona comercial está cerrando entre las 7 y las 8 de la tarde y el restaurante está a mitad: deben caber unas 8 personas y somos 4 ó 5. Está todo en japonés y sin dibujos. Pero la elección era sin equivocación: fideos negros o blancos. Los hervían al momento y te los echaban con ese caldo en un gran cuenco. Y añadían cosas por encima. He pedido lo mismo que unas señoras que han entrado al mismo tiempo que yo. Y ha estado buenísimo. Pero era tan barato que luego pensaba comerme un postre dulce en una pastelería y no he tenido el valor de gastarme doble en el postre que en la cena. Así que he recurrido a mis reservas de turrón. Este año además del de Alicante, que siempre llevo, me he traído una barra de guirlache hecha como si fuese aquél. No estaba mal pero es que mi padre hacía un guirlache buenísimo y éste no tiene ni comparación.

Y tras una vueltecita he regresado de nuevo al hotel.

Precio astronómico.

En una tienda del mercado de Nishiki vendían unas bandejitas con tres fresas: unos 6€. Quizás llevaban una perla cada una pero con la pasta que cuesta un dentista mejor era pensar que no las llevaban. ¿Qué misterio encerrarían las tres fresas? Hace años un anuncio una revista francesa de comida para perros tuvo una gran protesta porque decía algo así como que la carne estaba cortada por manos de vírgenes de no sé que país africano. Pues de estas fresas, eliminada la posibilidad de la perla, solo se me ocurre algo así: “fresas polinizadas por hembras vírgenes de himenópteros”. Y si quieres hacerlo más difícil añade que sean “ápteros”.

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