2. Japón 1ª.

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Haikus de Matsuo Basho en papel. Museo YamagataJapón. ¿Qué sabía yo de este país antes de decidirme a emprender el viaje? Pues poco, poco. Casi nada.

Mi primer contacto es casi infantil: los tebeos de “hazañas bélicas”. Allí siempre eran los malos cuando la acción se desarrollaba en el “frente del Pacífico”. Y, claro, también en las pelis americanas de aquella época. No los recuerdo en el NoDo. Quizás nuestro invicto Caudillo estaba encantado con los germanos y los italianos que le habían ayudado pero no se relacionaba con los japoneses. ¿Le ayudaron éstos en el Glorioso Alzamiento? Pues a lo mejor parece una tontería y hubo alguna cosa. Algo tan lejano como la guerra americana en Vietnam tuvo apoyo español: un grupo de sanidad militar. Pero como “perdimos”, y no fue una guerra muy popular precisamente, pues no se habla de ello. Volviendo a los japoneses. Así yo sabía de los japoneses pero no de Japón porque en las pelis y en los tebeos solo salían ellos y no su país. Siempre eran unos invasores en unas islas del Pacífico. Parecía como si los americanos y británicos siempre hubiesen vivido allí y los japoneses eran los invasores. Pero los anglosajones eran bondadosos y ociosos. ¿Habéis visto alguna de esas películas donde los occidentales estuviesen trabajando en esas situaciones? O eran soldados o terratenientes o pilotos o estaban aburridos bebiendo en un bar. Y ligando. Pero de trabajar nada. En cambio los japoneses eran siempre soldados y además astutos y crueles. Recuerdo una palabra que se usaba entonces para definirlos: arteros. La aprendí entonces y nunca más la he visto utilizar. Y también los llamaban “japos” y “malditos limones amarillos”. No había ni uno bueno. Porque los italianos y su rey pusieron a Mussolini al frente de Italia pero cuando salían los italianos fascistas siempre eran algo buenos y daban un poco de risa. Y además había italianos que no eran fascistas y los curas que ayudaban a todos. Los alemanes también eligieron a su líder pero en las pelis aunque había algún cabroncete nunca como los japoneses que los eran todos.

O sea en mi infancia y adolescencia ceguera total con ese país.

Recuerdo perfectamente el primer contacto. Estaba estudiando en la universidad de Barcelona, adonde acababa de llegar. Unas compañeras de curso, que habían sido alumnas del Liceo Francés, me invitaron a una sesión de cine en versión original de una película que en aquel momento estaba prohibida en España: “Hiroshima mon amour” de Alain Resnais. ¿Por qué estaba prohibida? Pues porque no dejaba bien parada la guerra y además porque salía una pareja desnuda. Ella era una francesa y él un japonés. El primero que recuerdo que no era artero y malvado. También recuerdo a quienes me invitaron, Victoria y Angels, dos preciosas jovencitas que ahora serán dos señoras encantadoras.

Una frase del comienzo de esa peli que se me quedó grabada: «Tu n’as rien vu à Hiroshima . Rien.» «J’ai tout vu. Tout,». Era el comienzo de un diálogo de una pareja desnuda en una cama. Y la destrucción de la ciudad.

Y más tarde ya fue el Japón industrial que invadió occidente con sus productos y sus empresas. Y llegaron sus aparatos electrónicos y sus coches. Y también los turistas, siempre en grupos un poco cómicos detrás de un guía y fotografiando los monumentos noucentistas de Barcelona como si acribillasen a un monstruo amenazante.

Luego me he encontrado a viajeros sueltos por Asia. Generalmente personas que no tienen nada que ver con el arquetipo japonés.

Un poco de literatura. Casi solo Mishima.

Y nada más. ¡Ah sí! Los haikús.

Y la necesidad de enterarme más sobre el país que había decidido visitar pero con muy poco tiempo para hacerlo.

NB. Haikú.

1. m. Composición poética de origen japonés que consta de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente.